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Capítulo 653:
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Allí, en la esquina, estaba sentado el hombre, con las manos temblorosas agarrando un trozo de papel de aluminio, moviendo rápidamente los dedos para encender algo. Una fría ola de comprensión invadió a Neal, y su corazón se hundió. No era ninguna sorpresa, en realidad: algunos hábitos nunca se pierden.
Neal recordó lo que le había dicho su padre la última vez que le pidió dinero.
«Hijo, he terminado con esa vida. He estado pensando en abrir una pequeña tienda, un nuevo comienzo.
Se acabó perseguir sueños imposibles. Solo una sencilla tienda de conveniencia. Ayúdame con el capital inicial y te lo devolveré con las ganancias.
Entiendo que estás pasando por muchas cosas, con los gastos médicos de tu madre y todo eso. Quiero ayudarte a aliviar esa carga. Volvamos a ser como antes, una familia otra vez. Las cosas mejorarán.
Lo he dejado para siempre. Lo he vencido. Eso es veneno, hijo. Es destructivo para todos. Destruye vidas».
Neal recordaba vívidamente la fugaz sensación de esperanza que esas promesas habían despertado en él.
Había creído que las sombras habían quedado atrás y que amanecía un nuevo día.
Sin embargo, esas promesas no eran más que ilusiones, delicadas y temporales, fácilmente destrozadas por las hábiles manipulaciones de su padre.
Abrumado, Neal irrumpió en el baño y le arrebató el objeto a su padre.
El polvo blanco se desprendió del papel de aluminio y cayó al suelo. Con los ojos inyectados en sangre, su padre lo miró con ira y le gritó: «¿Qué estás haciendo? ¿Tienes idea de cuánto cuesta esto?».
Neal se burló por dentro.
¿Acaso no le habían quitado todo el dinero para comprar esas sustancias? Las ganancias que había acumulado, que superaban con creces las de sus compañeros, habían sido malgastadas por su imprudente padre.
Desesperado, su padre se tiró al suelo y se apresuró a recoger el polvo. Luego lo encendió con un mechero.
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Una fina estela de humo se elevó cuando tomó una profunda inspiración, y su rostro se relajó en una expresión de satisfacción.
Esa expresión de pura felicidad atravesó el corazón de Neal como una daga. Se acercó y pisoteó el montón con el pie.
Al ver cómo se destruía su placer, la fugaz alegría de su padre se desvaneció, sustituida por un vacío que le carcomía por dentro.
—¡Quita el pie! ¡Quítalo ahora mismo! —Su voz se volvió frenética y tiró de los tobillos de Neal, intentando apartarlo. Sin embargo, Neal se mantuvo firme, sin vacilar.
Su padre estaba consumido por la agonía, sintiendo como si un enjambre de hormigas le mordiera los huesos y unos insectos venenosos le perforaran dolorosamente el cerebro, desgarrándole los nervios y la carne.
¡Necesitaba desesperadamente la sustancia para calmar su tormento! Sin embargo, todos sus esfuerzos fueron en vano. Llevado por la desesperación, se puso en pie tambaleándose, se apoyó en la pared y le dio un puñetazo en la cara a Neal.
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