✨ Martes y viernes nuevos capítulos y estrenos
💬 Únete a la comunidad en WhatsApp & Telegram!
Si te está gustando la lectura, me ayudarías mucho compartiendo la web 🌟
Capítulo 272:
🍙 🍙 🍙 🍙 🍙
11:45 p. m.
El piso estaba en silencio, salvo por el zumbido de la nevera y los frenéticos latidos del corazón de Vesper. Estaba sentada en el borde de la cama, retorciendo las sábanas entre los dedos. Su móvil yacía sobre el colchón como un arma cargada.
Se debatía entre llamar a Carter. Él le diría que aquello era tóxico. Le diría que huyera. Pero huir no la había llevado a ninguna parte. Huir la había dejado expuesta, vulnerable e incompleta.
11:50 p. m.
𝗦𝖾́ еl р𝗋𝘪𝗆𝗲𝗿о е𝗻 l𝘦er e𝗻 𝘯о𝘃𝗲𝗅𝖺s𝟰𝗳аո.𝗰𝗈𝘮
Vesper cogió el móvil. Su pulgar se cernía sobre el botón de llamada.
No se trataba solo de seguridad. Si era sincera consigo misma —brutalmente, dolorosamente sincera—, echaba de menos su peso. Echaba de menos cómo el mundo se calmaba cuando él estaba cerca. Echaba de menos ser el ancla de su tormenta.
11:55 p. m.
Marcó el número.
Sonó una vez.
Damon contestó. No hubo ningún saludo. Solo el sonido de la respiración al otro lado, pesada y expectante.
« «Estoy esperando», dijo la voz de Damon a través del altavoz. Era profunda, áspera, despojada del pulido estilo corporativo que lucía durante el día. Era la voz del hombre en la oscuridad.
Vesper cerró los ojos, dejando que el sonido la envolviera. «Siento haberte alejado de mí. «
«No basta», la interrumpió Damon. La orden fue tajante. «Dime qué eres».
Vesper se mordió el labio, saboreando el hierro. «Yo… yo soy Iris».
«Eso ya lo sé», se burló él, con un tono áspero. «Ese es tu don. Eso es lo que haces por el mundo. Dime qué eres para mí».
Vesper sintió cómo se le enrojecía el rostro. La vergüenza le quemaba, ardiente y deslumbrante. Odiaba este juego. Odiaba que él necesitara oírlo. Pero también entendía por qué. Él necesitaba saber que ella no iba a huir otra vez.
«Soy… tuya», susurró. Las palabras sabían a ceniza y miel.
Al otro lado de la línea, silencio.
En la parte trasera del Phantom aparcado en la calle de abajo, Damon apretó el vaso de whisky con tanta fuerza que el cristal crujió. Tenía los nudillos blancos. El «ruido» en su cabeza —el constante y ensordecedor estático de la sobrecarga sensorial— comenzó a atenuarse.
«Dilo otra vez», ordenó. «Más alto».
Vesper respiró temblorosamente. Apretó el teléfono con más fuerza. «Te pertenezco, Damon».
Damon cerró los ojos. La tensión que llevaba días acumulándose en sus músculos finalmente se liberó. «¿Y por qué me perteneces?», preguntó, traspasando los límites, necesitando desollarla.
«Porque…», la voz de Vesper se quebró. Una lágrima le resbaló por la mejilla. «Porque eres el único que puede salvarme».
Era la verdad. Era la aterradora y patética verdad.
«No», la corrigió Damon en voz baja. «Porque soy el único que te ve».
La vulnerabilidad golpeó a Vesper con más fuerza que la sumisión. Tenía razón. Julian veía un adorno. El mundo veía a una víctima o a una escritora fantasma. Damon veía el fuego.
«Buena chica», murmuró. El tono cambió al instante. La crueldad se evaporó, sustituida por una posesividad densa y asfixiante.
Vesper soltó un suspiro que no sabía que estaba conteniendo.
«Abre la ventana», dijo de repente.
Vesper parpadeó, confundida. «¿Qué?»
«La ventana del dormitorio. Abre las cortinas».
Se levantó, con las piernas temblorosas, y se dirigió a la ventana. Corrió las pesadas cortinas.
La lluvia rayaba el cristal. Miró hacia la calle, tres pisos más abajo.
Justo enfrente de su edificio, bajo el resplandor amarillento de una farola, había un Rolls Royce Phantom negro aparcado. El motor estaba en ralentí y el tubo de escape expulsaba nubes blancas en el aire frío de la noche. Las ventanillas estaban tintadas de negro, impenetrables.
Él estaba allí.
Había estado allí todo el tiempo.
Vesper dio un grito ahogado y se llevó la mano a la boca. «Tú… estás ahí fuera».
«Nunca me fui», dijo Damon. Su voz resonaba justo en su oído, íntima y aterradora. «Te lo dije, Vesper. No te alejas de mi protección. Ni siquiera cuando crees que eres libre».
Vesper se quedó mirando el coche. Debería haber estado aterrorizada. Una mujer racional habría llamado a la policía. Una mujer racional habría gritado.
Pero Vesper ya no era racional. Sintió una oleada de alivio tan intensa que casi la hizo caer de rodillas. Él la estaba vigilando. Los monstruos no podrían atraparla esta noche. Julian no podría tocarla.
«Duerme, Vesper», ordenó Damon. «Estaré aquí».
«Damon…»
«Duerme».
Se cortó la llamada.
Vesper se quedó de pie junto a la ventana durante un buen rato, observando el coche negro. No se movía. Permanecía allí como una gárgola, un centinela silencioso bajo la lluvia.
Se deslizó hasta el suelo, apoyando la espalda contra la pared y apretando el teléfono contra el pecho. Sentía una mezcla de terror y seguridad absoluta.
Se dio cuenta, con una sensación de desánimo, de que acababa de firmar un contrato verbal con el diablo.
Y aquella noche durmió mejor de lo que lo había hecho en semanas.
.
.
.