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Capítulo 266:
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Damon se quedó mirando la caja que había sobre la isla de la cocina. Estuvo a punto de decirle al portero que la tirara a la basura.
Era una caja de suscripción de comida cruda premium para perros. Y un collar de cuero personalizado.
La etiqueta del collar decía: Bond.
Damon sintió una extraña opresión en la garganta. Ella estaba planeando una vida. Una vida con el perro que él le había regalado. Una vida en la que él no tenía cabida.
Dejó la caja sobre la encimera. Canceló sus reuniones de la tarde. Le dijo a Sawyer que iba a «trabajar desde casa».
Se sentó en el sofá, con el portátil abierto, pero no estaba trabajando. Estaba esperando.
Tres horas más tarde, sonó el ascensor.
El corazón de Damon le latía con fuerza contra las costillas. Había autorizado su entrada, pero verla era otra cosa.
Vesper salió del ascensor. Parecía azotada por el viento, con el pelo revuelto y las mejillas sonrojadas por el frío. Se quedó clavada en el sitio al verlo.
—Se supone que deberías estar en la oficina —le reprochó, agarrándose con fuerza a la correa del bolso.
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—Vivo aquí —respondió Damon, sin levantar la vista del portátil, tecleando tonterías.
Vesper suspiró. —Solo he venido a por el paquete. Y mis cuadros. Me los olvidé en el armario de la habitación de invitados.
—¿El paquete que casi tiré a la basura? —mintió él.
—No lo harías. Es para Bond —dijo ella, dirigiéndose a la cocina. Cogió la pesada caja. «Seré rápida».
Se dirigió a la habitación de invitados.
Damon cerró el portátil. No conseguía concentrarse. La siguió.
Vesper estaba luchando por apilar tres lienzos grandes que había sacado del armario. Intentaba llevar la caja de comida para perros bajo un brazo y los cuadros en el otro.
«Necesitas ayuda», afirmó él desde la puerta.
«No la tuya», gruñó ella, levantándolos.
Un lienzo se le resbaló.
Damon se movió. Lo atrapó sin esfuerzo antes de que cayera al suelo. Su mano rozó la de ella mientras estabilizaba la pila.
La chispa fue inmediata. Fue eléctrica, dolorosa e innegable.
Vesper jadeó. Le arrebató el lienzo.
«No toques mi trabajo», espetó. «Ya no tienes derecho a tocar las cosas que creo».
Damon se apoyó en el marco de la puerta. Le bloqueó la salida de nuevo, pero esta vez lo hizo con naturalidad. Con desgana.
«Te has olvidado de algo más», dijo.
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