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Capítulo 92:
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La finca Roth, en los Hamptons, parecía más una fortaleza de soledad dorada que una casa. Los focos atravesaban el cielo nocturno, iluminando los cuidados jardines donde las carpas blancas se alzaban como picos de merengue contra los oscuros acantilados.
Vesper salió del coche de alquiler. Había rechazado la oferta de Julian de ir juntos, alegando una migraña y la necesidad de llegar más tarde. En realidad, necesitaba llegar sola. Necesitaba ser Vesper, la persona, no la señora de Julian Sterling.
Se alisó la tela del vestido. Era un vestido vintage de seda azul medianoche intenso, que Harper había conseguido en una discreta tienda de artículos de segunda mano del Village. Le quedaba como una segunda piel, de cuello alto y manga larga, pero con una espalda que se abría peligrosamente. Era una armadura disfrazada de elegancia.
Se dirigió a la entrada. El personal de seguridad escaneó su invitación.
«Bienvenida, señora Sterling».
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Entró en el salón de baile. El ruido la golpeó como una ola física: el tintineo de la cristalería, el estruendo de las conversaciones, el cuarteto de cuerda librando una batalla perdida contra las risas de los multimillonarios ebrios.
Recorrió la sala con la mirada. Divisó a Cecilia cerca de la torre de champán, con aspecto nervioso, con los ojos recorriendo la sala como un pájaro atrapado.
Vesper empezó a dirigirse hacia ella, pero un silencio repentino y opresivo se apoderó de la entrada principal a sus espaldas.
La presión atmosférica de la sala descendió. El murmullo se apagó, sustituido por susurros apagados.
Vesper se giró.
Damon Sterling había llegado.
Entró, no con el pavoneo de un playboy, sino con la gracia letal de un arma que se desenvaina. A su lado iba Scott, su jefe de seguridad, cuya imponente complexión bloqueaba los flashes de los paparazzi.
Damon llevaba un esmoquin negro, confeccionado a la perfección, pero había algo que no encajaba.
Su piel estaba más pálida de lo habitual, un alabastro puro que contrastaba con la tela negra. Un brillo de sudor resplandecía en su frente. Su brazo izquierdo colgaba rígido a un lado del cuerpo, con la mano cerrada en un puño flojo, como si se aferrara a la conciencia.
No estaba simplemente cansado. Estaba librando una batalla contra su propio cuerpo.
La infección. Tenía que ser eso.
Vesper sintió una punzada de preocupación tan aguda que casi le dejó sin aliento. La reprimió al instante. No podía permitirse preocuparse. No allí.
Un grupo de debutantes con vestidos en tonos pastel se abalanzó sobre él al instante, intuyendo sangre fresca.
Damon ni siquiera las miró. Se estremeció ligeramente cuando le llegó el perfume de la mujer más cercana: un asalto sensorial. Murmuró algo a Scott.
Scott dio un paso al frente, con la voz grave y retumbante. «El señor Sterling no atiende a nadie. Por favor, señoritas, dejenle espacio».
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