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Capítulo 45:
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Medianoche. La tormenta se había desatado sobre la ciudad; la lluvia azotaba las ventanas del ático como balas.
Vesper se despertó. Las náuseas habían desaparecido, sustituidas por un calor febril. Los antihistamínicos la habían deshidratado, dejándola sedienta y desorientada.
Se incorporó. Un relámpago iluminó la habitación.
Damon estaba sentado en el sillón frente a ella. No se había movido. La observaba, con los ojos reflejando la tormenta.
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Vesper sintió una extraña y retorcida atracción. Sus defensas estaban bajas. La ira seguía ahí, pero se mezclaba con algo más: una necesidad desesperada de sentir algo distinto al dolor. De recuperar su cuerpo. De utilizar a alguien de la misma forma en que la habían utilizado a ella.
Se quitó de un puntapié la pesada manta. «Tengo calor».
Damon se levantó. Se acercó a ella lentamente. «Tienes fiebre. La reacción tarda en desaparecer».
Extendió la mano para tomarle la temperatura con el dorso. Su piel estaba fría.
Vesper se inclinó hacia su tacto instintivamente. Cerró los ojos y suspiró. Luego, los abrió. Tenía las pupilas muy dilatadas.
—Julian tiene a Serena —susurró con voz ronca—. Tiene el anillo. Los medios dicen que ha ganado.
—Es una victoria de relaciones públicas —corrigió Damon—. Una ilusión temporal.
—Parece real —dijo Vesper. Su lógica estaba distorsionada por la fiebre y los restos de alcohol. En ese momento no quería justicia legal. Quería borrar la sensación de haber sido descartada. Quería demostrar que existía.
Alzó la mano y agarró la corbata de Damon. Lo tiró hacia abajo.
Damon se puso tenso. Sus manos se cernían sobre su cintura. —Vesper. No estás pensando con claridad.
—No quiero pensar —dijo ella. Se subió a su regazo, a horcajadas sobre él. Envolvió sus piernas alrededor de su cintura.
El contacto fue eléctrico. Para Damon, fue como si una dosis masiva de dopamina le inundara el cerebro. Su habitual aversión al tacto —esa sensación de que la piel humana solía parecerle papel de lija— había desaparecido. Con ella, era seda. Era lo correcto.
Vesper le besó la mandíbula. Fue un beso torpe, desesperado, salado por las lágrimas secas.
La determinación de Damon se resquebrajó.
Gimió, un sonido grave y animal. Le agarró la cintura, clavándole los dedos. Cambió sus posiciones, inmovilizándola contra los cojines del sofá.
Le devolvió el beso. No fue suave. Fue voraz. Devoró su boca, introduciendo la lengua, saboreando el whisky y la tristeza.
Vesper jadeó, abrumada por su intensidad. Aquello no era la intimidad educada y aburrida que había conocido con Julian. Aquello era una tormenta.
La cremallera de su mono se bajó aún más. Le arrancaron la ropa.
Damon se detuvo una fracción de segundo, suspendido sobre ella, con el pecho agitado. La miró a los ojos, buscando una señal de alto.
«Dime que pare», dijo con voz ronca. «Dímelo ahora».
Vesper lo atrajo hacia sí, rodeándole el cuello con los brazos. «No te atrevas».
La intimidad que siguió fue frenética. Fue una batalla por el dominio, impulsada por el dolor y la necesidad biológica. Damon se movía con una precisión y una fuerza que dejaban a Vesper sin aliento. Cada caricia la reclamaba. Cada movimiento borraba un poco más de Julian de su memoria.
Para Damon, fue una revelación. El silencio en su mente era absoluto. Solo existía ella. Su aliento, su piel, su pulso. Ella era el ancla.
Vesper gritó, arqueando la espalda, mientras una mezcla de placer y dolor la sacudía.
Después, la habitación quedó en silencio, salvo por el sonido de la lluvia y su respiración agitada.
Vesper se quedó dormida casi al instante, agotada por el desgaste emocional.
Damon se quedó despierto. La abrazó, con el brazo alrededor de su cintura, aterrorizado al darse cuenta de que acababa de cruzar una línea que nunca podría volver a traspasar. La necesitaba. No por negocios. No por venganza. La necesitaba para poder seguir adelante.
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