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Capítulo 44:
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Damon le agarró las manos. Su mente iba a mil por hora, calculando fechas.
Hace tres años. Él había autorizado la adquisición de Vance Technology; se le presentó como una absorción rutinaria de un competidor en quiebra. Pero él había estado en Londres ocupándose de la expansión europea.
No se había encargado de los detalles. Lo había hecho Julian. Julian estaba desesperado por demostrar su valía ante su padre.
Damon sintió un peso frío en el estómago. Ató cabos. El calendario agresivo. El matrimonio forzado como distracción mientras se despojaba a la empresa de sus activos. Julian no solo había comprado una empresa; había orquestado una fusión fraudulenta que había atrapado a Vesper y destruido a su familia mientras ella estaba distraída con la boda.
«Yo autoricé la compra», dijo Damon, con voz baja e intensa, que le vibraba en el pecho. «Pero yo no ordené la redada de aquella noche. No conocía los términos de tu matrimonio. No los obligué a subir a ese avión. Eso no fue obra mía».
Vesper negó con la cabeza, demasiado dolida para procesar la lógica. «Mentiroso», susurró. «Eres un Sterling. Te alimentas de la gente».
Se acurrucó en posición fetal, temblando violentamente. La medicación la estaba dejando inconsciente.
Damon se levantó. Caminaba de un lado a otro de la habitación, pasándose una mano por el pelo. Sentía cómo una rabia asesina se acumulaba en su interior, no hacia Vesper, sino hacia el hermano al que debería haber destruido hacía años.
Sacó su móvil. «Scott. Quiero todos los archivos internos de la fusión con Vance Technology. No los informes de la junta. Los registros de comunicaciones sin editar del equipo de Julian. Esta misma noche».
Volvió la mirada hacia el sofá. Vesper era menuda, frágil, sepultada bajo el peso de su pasado.
Se acercó a ella. Cogió una manta pesada del sillón y se la colocó encima. Le metió los bordes por debajo, arropándola como en un capullo.
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—Te odio —murmuró ella contra el cojín. Su respiración se estabilizó a medida que el sueño se apoderaba de ella.
Damon se sentó en el suelo junto al sofá. La observó dormir. Extendió la mano y le tocó la suya, que colgaba por el borde.
En el momento en que su piel tocó la de ella, el zumbido en su cabeza —esa estática constante y de bajo nivel provocada por la sobrecarga sensorial que le atormentaba— cesó. Silencio. Silencio puro y biológico.
Se miró la mano. La miró a ella.
La mujer que lo odiaba era lo único que le daba paz.
Afuera retumbó un trueno, sacudiendo las paredes de cristal. Damon no se movió. Se quedó sentado en la oscuridad, sosteniéndole la mano, jurando en silencio que descubriría la verdad. Si Julian tenía sangre en las manos, Damon sería el verdugo.
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