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Capítulo 134:
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El laberinto estaba a oscuras. Los altos setos bloqueaban las luces de la fiesta. Vesper intentó contener la respiración. Oyó crujir ramitas.
Estaban cerca.
«¡Veo su vestido rojo!», gritó uno de los chicos.
Ahora tenían linternas. Los haces de luz atravesaban el follaje.
Vesper echó a correr. Giró una esquina y se topó con un callejón sin salida.
Se dio la vuelta.
Benny estaba allí. Levantó su Super Soaker.
«Te pillé».
Disparó. Un chorro de vino tinto le dio en el pecho. Estaba frío y fue humillante.
Vesper no se acobardó. Se abalanzó sobre él.
Agarró la pistola de plástico y tiró de ella con fuerza.
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«¡Eh!», exclamó Benny, tambaleándose.
Vesper le arañó la cara con las uñas.
«¡Ahh!», gritó Benny, soltando la pistola. «¡Me ha arañado! ¡A por ella!».
Los otros chicos se abalanzaron sobre ella. No la golpearon, pero la empujaron. Con fuerza.
Vesper trastabilló hacia atrás. Atravesó el delgado seto que había al fondo del callejón sin salida.
Detrás del seto estaba el estanque de carpas koi.
Era profundo, decorativo y estaba bordeado de rocas irregulares.
El pie de Vesper se quedó en el aire.
Cayó de espaldas.
CRACK.
Su cabeza golpeó el borde de piedra del estanque en la caída.
El mundo se volvió blanco, luego negro.
Cayó al agua.
El choque frío debería haberla despertado, pero el golpe en la cabeza la mantuvo sumergida. La pesada seda de su vestido absorbió el agua, arrastrándola hacia el fondo como una piedra.
En la orilla, los chicos se quedaron paralizados.
—Ella… ella no sale a la superficie —susurró uno.
—Vámonos —susurró Benny, agarrándose la mejilla ensangrentada—. Corred.
Se dispersaron.
Damon irrumpió en el patio. El trueno retumbó sobre sus cabezas: un estruendo ensordecedor que le sacudió los huesos.
Astrafobia.
Se le oprimió el pecho. La tormenta era su desencadenante. El ruido, los destellos de luz… todo ello ponía su sistema nervioso a mil. Combinado con la fiebre, resultaba paralizante.
Pero vio a los chicos corriendo. Vio la dirección de la que venían.
Obligó a sus piernas a moverse. Corrió hacia el jardín, luchando contra el mareo y el pánico que le subía por la garganta.
«¡Vesper!», gritó.
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