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Capítulo 60:
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«¡Muchas gracias, agente!».
«Que sea rápido», respondió él, apartando la barrera para dejarla pasar y cerrándola rápidamente tras ella.
Hadley consultó entonces su teléfono para ver cómo llegar. El tribunal estaba muy lejos, al menos a dos horas y media a pie.
Apretando la mandíbula, siguió caminando, buscando con la mirada un taxi. La idea de tener que pagar un taxi le molestaba. Sin embargo, hoy Hadley estaba decidida a poner fin a su matrimonio con Eric.
Eric estaba en su coche, mirando repetidamente su reloj. Ya eran las cinco en punto. ¡Hadley aún no aparecía por ningún lado!
¡Lo había hecho esperar dos horas enteras!
Frustrado, Eric giró su teléfono en la palma de la mano antes de pulsar con decisión la pantalla para marcar su número.
—Hola
—¡Hadley! —La voz de Eric sonaba exasperada—. ¿Estás haciendo el tonto?
—Lo siento —respondió Hadley—. Llegaré enseguida. Solo un poco más, ¿vale?
—¿Más? —Eric soltó una risa burlona—. Está bien, esperaré.
Estaba ansioso por escuchar qué excusa se inventaría Hadley esta vez.
Pasaron los minutos y, finalmente, la llamada de Hadley rompió el silencio.
Jadeando, dijo: «¡Ya estoy aquí! ¿Dónde estás?».
«¿De verdad estás ahí?», preguntó Eric, mirando a su alrededor por la ventana.
Un taxi amarillo se detuvo frente al juzgado y dejó a Hadley en la acera. Ella le dio las gracias al conductor apresuradamente y miró a su alrededor. «¿Me ves o ya has entrado?».
«Te estoy viendo. Quédate ahí», le indicó Eric, cortando la llamada. Cogió su paraguas negro, salió del coche y caminó hacia Hadley, utilizando el paraguas para protegerlos a ambos de la lluvia implacable.
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Empapada, con la ropa pegada al cuerpo y manchada de barro, Hadley se plantó delante de él. El rostro de Eric mostraba claros signos de descontento.
—¿Te has revolcado en el barro? —espetó Eric.
—Vámonos —respondió Hadley, haciendo una breve pausa antes de limpiarse la nariz y susurrar—: Vámonos. Esto no va a arruinar el proceso de divorcio.
—¡Hadley!
Reaccionando instintivamente, Eric extendió la mano y la agarró del brazo.
—¿Qué pasa?
Hadley se apartó bruscamente, como si su contacto la quemara. Sus ojos brillaban de furia.
—¡No me toques! ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? —siseó.
Desconcertado, Eric se quedó paralizado, sorprendido por la intensidad de su respuesta. Era esa mirada familiar, la que Hadley reservaba para los momentos en que él invadía su espacio personal. Una mezcla de miedo, repugnancia y desafío inquebrantable se reflejaba en su rostro.
¿Era posible que ella lo detestara?
Eric sintió un nudo en la garganta. Una profunda tristeza y malestar se apoderaron de su corazón, un sentimiento que no podía ignorar.
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