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Capítulo 41:
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Hadley, agarrando con fuerza el ramo, se sintió clavada en el suelo. ¿Qué podía decir o hacer?
—Está bien, me voy.
Se dio la vuelta bruscamente y se marchó sin mirar atrás.
«Linda». Después de que Hadley se marchara, Eric se acercó a Linda para ofrecerle su apoyo. «No hay por qué llorar. Ya se ha ido y me aseguraré de que el personal no la deje entrar».
«Vale…», dijo Linda con la voz entrecortada por las lágrimas.
Hadley se quedó en la parada de autobús más cercana al hospital, aturdida.
¿Los autobuses dejaban de funcionar a las ocho?
¿Qué iba a hacer ahora?
¿Tendría que volver a casa andando?
Después de una agotadora caminata de dos horas la noche anterior, parecía que esta noche le esperaba lo mismo.
Maldito autobús. Una vez más, sus pies eran su único medio de transporte fiable.
Culpándose por no haber consultado el horario del autobús, comenzó a caminar con resignación.
Este hospital privado estaba aún más aislado que el sanatorio donde trataban a Nyla, elegido por su tranquilidad.
Ahora, Hadley sentía todo el impacto de su error de cálculo.
Avanzaba con dificultad por la carretera desierta, salvo por algún que otro vehículo que pasaba a toda velocidad. El silencio que la rodeaba era casi opresivo.
De la nada, una motocicleta pasó a toda velocidad y luego dio un giro brusco para detenerse delante de ella. El conductor, un joven con el pelo teñido de rubio, le dedicó una sonrisa un poco inquietante.
—Hola, señorita, es tarde para dar un paseo, ¿no? Vamos, te llevo. —Hadley frunció la nariz al percibir el fuerte olor a alcohol y tabaco que emanaba de él.
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—No, gracias.
Intentó pasar junto a él, pero él le bloqueó el paso. —¡Espera un momento! —Sus ojos se posaron en las piernas de ella—. Te he ofrecido llevarte. Vamos, no soy mala persona.
Antes de que ella pudiera negarse de nuevo, él se bajó de la moto, la agarró del brazo y la empujó hacia ella.
—¡Suéltame! —Sorprendida, Hadley se resistió y luchó con todas sus fuerzas—. ¡Déjame!
—¡No seas tímida! Solo intento ayudarte.
—¿Quién te crees que eres? Déjame en paz. Reuniendo todas sus fuerzas, Hadley blandió su bolso y le dio un golpe en la cara.
—¡Déjame en paz!
—¿Me acabas de pegar?
Impulsado por la ira, él la golpeó con fuerza, tirando a Hadley al suelo. Pero aún no había terminado.
Inmediatamente la inmovilizó, rozándole la mejilla con los dedos.
«Tu belleza es encantadora y tu piel es tan delicada».
Hadley se quedó paralizada, repugnada por su contacto. Se sintió mal y el pánico se apoderó de ella. Siempre llevaba spray pimienta en el bolso y, por precaución, medio ladrillo.
En un movimiento desesperado, metió la mano en el bolso, agarró el ladrillo y lo blandió instintivamente.
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