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Capítulo 1981:
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Ernest dudó, evitando dar una respuesta directa. Tras una pausa, dijo: «Elissa, aparte de no poder casarme contigo ni darte un título, nada cambiará entre nosotros. No te preocupes, Linda y yo solo somos para guardar las apariencias. Nunca la he tocado y, con su estado actual, nunca lo haré».
«¡Ernest!». Elissa no pudo soportar ni una palabra más. Sus palabras eran indignantes, descaradas hasta el punto de lo absurdo.
«¿De verdad…?» Elissa temblaba, llena de furia. Sus ojos eran como el hielo. «¿Quieres que sea tu amante mientras te casas con otra mujer? ¡Qué broma tan enfermiza!».
«Elissa…», la voz de Ernest se volvió ronca. «¿Qué hay de malo en ser mi amante? Te daría una vida mejor que la de cualquier otra mujer…».
«¡Cállate! ¡Me das asco!». Elissa se retorció en sus brazos, gritando: «¡Deja de hablar, me dan ganas de vomitar!».
De repente, se tapó la boca con la mano y su rostro se contorsionó, como si estuviera a punto de vomitar.
«¿Elissa?», Ernest frunció el ceño. «Lo digo en serio… Quiero esto. Te quiero».
«Uf…». Elissa palideció. Aún atrapada en sus brazos, agitó la mano frenéticamente, tratando de empujarlo. Pero Ernest no la soltaba.
«¡Uf!». Al final, Elissa no pudo evitarlo y vomitó sobre él. Al instante, se hizo un silencio sepulcral.
Ya empapado en té, Ernest ahora estaba cubierto de vómito, apestando, humillado y en silencio.
Elissa abrió los labios, atónita por haber vomitado. —¡Te dije que me soltaras! —espetó, con voz aguda por la vergüenza y la furia.
Incluso ahora, él se negaba a soltarla.
—¡Ernest, suéltame ya! —exigió Elissa, sin paciencia alguna.
«Elissa…», los ojos de Ernest se oscurecieron, pensativos e indescifrables.
«¡Suéltame!», luchó Elissa con furia. Entonces, la mareó, su visión se volvió borrosa y sus pasos se tambalearon.
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«¡Elissa!», Ernest la cogió al instante, levantándola en brazos. «Vamos al hospital. ¡Necesitas un médico inmediatamente!».
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Dentro de la sala de exploración del hospital, Elissa descansaba en la camilla y miró a la enfermera que estaba cerca. «¿Cómo está todo?».
Por fin se sintió aliviada: las oleadas de náuseas y esa extraña sensación agria habían desaparecido.
Una cálida sonrisa se extendió por el rostro de la enfermera. «Enhorabuena. Vas a tener un bebé».
Esas palabras golpearon a Elissa como un maremoto. Se le fue todo el color de las mejillas. «¿Embarazada? ¿Has dicho embarazada?».
«Sorprendida, ¿verdad?». La enfermera no pudo evitar sonreír. «Apuesto a que pensabas que te pasaba otra cosa. Tu marido parecía muy preocupado cuando llegasteis antes. Apuesto a que ahora está sonriendo de oreja a oreja».
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