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Capítulo 1980:
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Rápidamente cogió una toalla y se la ofreció. «Tome, señor, séquese».
Ernest no se movió. El té frío goteaba sin cesar de su cabello mientras ignoraba la toalla.
De repente, se puso de pie de un salto, apretó la mandíbula y pateó la mesa de café con una fuerza explosiva. La mesa volcó con un fuerte estruendo, esparciendo todo por el suelo.
Quentin se quedó paralizado, sin atreverse apenas a respirar. Después de años al lado de Ernest, nunca lo había visto perder los estribos así, ni una sola vez.
Ernest y Eric no podían ser más diferentes en cuanto a temperamento. Durante años, Ernest había sido un ejemplo de calma, emocionalmente estable y metódico tanto en el trabajo como en la vida. Pero ahora, Quentin lo veía claramente: Ernest también podía enfadarse.
En realidad, Ernest no estaba simplemente enfadado, estaba furioso. Y la razón era Elissa. Con la frustración a flor de piel, tiró de su corbata y le gritó a Quentin: «¡Dile a seguridad que la detenga!».
Sin esperar, salió furioso de la oficina del director ejecutivo.
«¡Sí, señor Flynn!», respondió Quentin rápidamente, y luego dudó. «¿Adónde va? ¿Debemos continuar con la reunión?».
«¡Cancélala!».
Y con eso, Ernest desapareció de la vista.
—¡Señorita Holland! —En la entrada principal, los guardias se interpusieron en el camino de Elissa—. Lo siento, pero aún no puede salir.
Elissa no esperaba esa respuesta. La ira se apoderó de ella, mezclada con confusión. —¿Por qué?
Había oído hablar de personas a las que se les negaba la entrada, pero nunca de que se les impidiera salir.
Se dio cuenta de que era obra de Ernest. No pudo evitar preguntarse qué estaba tratando de hacer ahora.
Al darse la vuelta, Elissa vio a Ernest corriendo hacia ella.
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«¿Qué es lo que quieres exactamente?». Elissa estaba perdida. Preguntarle no servía de nada. Regañarlo nunca funcionaba.
«Elissa». Ernest extendió las manos y las posó sobre sus hombros, con la mirada fija en ella. Su voz se suavizó. «Vuelve conmigo… No puedo vivir sin ti. No soporto verte con otra persona. ¡Eres mía, solo mía!».
Al oír eso, Elissa lo miró fijamente, fría e impasible. Sus ojos no vacilaron, tranquilos, indiferentes. Dijo con voz tranquila: «Sr. Flynn, ¿sabe su prometida que le está diciendo esto a otra mujer?».
«¡Ahora estoy hablando de ti!». Ernest la agarró con más fuerza y su voz se volvió persuasiva. «Vuelve conmigo.
Tenemos a Locke… podemos volver a tener lo que teníamos. Te daré la vida con la que has soñado, todos los proyectos que quieras, los haré realidad…».
Cada palabra golpeó a Elissa como una descarga, inesperada y discordante. Entonces, un pensamiento terrible cruzó por su mente.
«Tú…». A Elissa se le secó la boca. Apretó los labios. «No querrás decir… quieres que sea tu amante, ¿verdad?».
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