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Capítulo 1968:
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«De acuerdo». » Joy asintió con somnolencia, permitiendo que Hadley la levantara y le cambiara la ropa.
Mientras vestía a Joy, Hadley hizo algunas llamadas urgentes, despertando a Tamara y al resto de la familia.
Cuando bajaron las escaleras, Tamara estaba lista y esperando. Elissa también se había despertado con el ruido, con el rostro arrugado por la preocupación. «¿Joy está enferma?
«Tiene fiebre», confirmó Hadley, con el ceño fruncido por la preocupación. «No es muy alta, pero aun así…».
«Voy con vosotros…».
«No es necesario», rechazó Hadley con delicadeza. «Mañana tienes que trabajar, y Tamara y Melba estarán conmigo, tengo mucho apoyo. Descansa un poco. Te llamaré si necesitamos algo».
«De acuerdo, entonces». Elissa no insistió y las acompañó a la puerta para despedirse.
Las vio marcharse y rezó en silencio por la recuperación de Joy.
En el hospital.
En el aparcamiento del hospital, Hadley salió del coche con Joy en brazos, protegiéndola.
—¡Hadley, Joy! —gritó una voz familiar al otro lado del aparcamiento.
Eric acababa de salir de su vehículo y se apresuraba hacia ellas. Phillips y Thurston le seguían de cerca; Thurston era el médico de cabecera de Joy.
La mirada interrogativa de Hadley se posó inmediatamente en Tamara.
—He llamado al señor Scott —admitió Tamara con un gesto de disculpa—. Pensé que, dado que Joy es paciente del doctor Nixon, el señor Scott podría hacer los arreglos necesarios para que él viniera.
La lógica era sólida.
Convencer al doctor Nixon de que fuera al hospital a esa hora intempestiva estaba mucho más allá de la influencia de Hadley.
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La voz de Tamara transmitía un arrepentimiento genuino. —Debería haberle pedido permiso primero…
—No pasa nada —Hadley negó con la cabeza, agradecida—. En realidad, yo debería darle las gracias.
La rápida reacción de Tamara al ponerse en contacto con Eric había hecho que el Dr. Nixon estuviera allí. Tener al médico de Joy presente supuso un gran alivio para Hadley.
—¡Joy! —La voz de Eric transmitía urgencia y ternura a la vez.
En cuestión de segundos, Eric había acortado la distancia entre ellos y extendido los brazos hacia Joy.
«¡Déjame cogerla!». Sus ojos reflejaban una sinceridad desesperada mientras suplicaba en silencio la confianza de Hadley.
«De acuerdo». Tras un momento de vacilación, Hadley aflojó su protectora sujeción y entregó a Joy a los brazos que la esperaban.
«Hola, cariño», le susurró.
Mientras acunaba a su hija, las lágrimas se acumularon en los ojos de Eric, empapando rápidamente sus pestañas oscuras. Besó suavemente la frente de Joy. «Papá está aquí ahora. ¿Joy se siente mal?».
Joy seguía sin poder responder. La enfermedad le había agotado por completo la energía, dejándola somnolienta y apenas consciente.
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