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Capítulo 1967:
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Elissa se quedó paralizada. ¿Por qué la llamaba? Ella no había dicho ni una palabra. Apenas había respirado.
«Sé que estás ahí», continuó Ernest, con voz tranquilizadora y suave. «No tengas miedo. Averiguaré quién está detrás de esto. Mientras yo esté aquí, no dejaré que nadie te haga daño».
El corazón de Elissa dio un vuelco y sintió cómo el pánico se apoderaba de ella. Rápidamente cogió el teléfono y terminó la llamada.
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«¿Elissa?», preguntó Hadley con profunda preocupación mientras se acercaba a su amiga.
«¿Qué le da derecho a hablarme así?», preguntó Elissa con los ojos encendidos mientras negaba violentamente con la cabeza. «No quiero volver a oír ni una sola palabra suya, ¡ni una sola!».
Se volvió hacia Hadley con un repentino remordimiento. —¡Lo siento mucho! Este es tu teléfono y no tenía derecho a…
En ese momento se sintió completamente expuesta e indefensa.
—No pasa nada.
Hadley no podía culpar a su amiga por su reacción. La rodeó con un abrazo protector y le habló con voz suave y tranquilizadora. —Si no quieres escucharlo, no lo hagas. »
Como observadora externa, Hadley entendía perfectamente que, a lo largo de toda su relación, Ernest había sido el único culpable; había fallado y herido a Elissa una y otra vez. Pero la pregunta más urgente seguía siendo: ¿quién era la misteriosa persona que seguía a Elissa?
Más tarde esa noche, Hadley decidió dormir en la habitación de Joy, para tener a su hija cerca.
Algo sacó a Hadley de su profundo sueño en las primeras horas de la mañana.
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Joy yacía acurrucada en sus brazos, con los ojos cerrados y un suave gemido escapándose de sus labios.
«¿Joy?», susurró Hadley con pánico.
Hadley se despertó de golpe y buscó a tientas el interruptor de la luz.
La luz reveló a Joy revolviéndose inquieta, con los ojos entreabiertos y pequeñas gotas de sudor salpicando su frente febril.
«Joy, cariño, ¿qué te pasa?». Un frío temor invadió a Hadley cuando su palma presionó la mejilla enrojecida de Joy y sintió el calor revelador.
Sus manos temblaban mientras sacaba el termómetro del cajón de la mesita de noche.
La pantalla digital marcaba 37,8 °C, una fiebre baja.
Pero para Joy, cualquier fiebre tenía implicaciones peligrosas.
Menos de seis meses después de la operación, el frágil organismo de Joy no podía soportar ni siquiera enfermedades leves. «
Mamá. —La voz de Joy era apenas un susurro, y sus labios formaban un pequeño puchero—. Joy no se encuentra bien.
Esas sencillas palabras destrozaron la compostura de Hadley, y las lágrimas amenazaron con derramarse. Pero, temerosa de asustar a su vulnerable hija, contuvo las lágrimas.
—Todo va a salir perfectamente bien, cariño. —Hadley secó la frente húmeda de Joy, luchando por mantener la voz firme—. «Te cambiaremos y te llevaremos al hospital. El médico te hará sentir mejor».
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