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Capítulo 1551:
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A medida que Maia se acercaba, la base subterránea bajo Nightshade estalló en el caos. Las sirenas de alarma aullaban mientras las luces rojas de advertencia parpadeaban violentamente, inundando todo el espacio con un opresivo resplandor carmesí.
«¡Alerta! ¡Alerta! Se aproxima un individuo no identificado: ¡alerta de nivel uno!».
Los miembros del personal gritaban presas del pánico, con los dedos volando sobre los teclados. «¡Activen las cámaras de vigilancia, ahora mismo!».
La enorme pantalla parpadeó rápidamente antes de quedarse fija en una sola figura que emergía lentamente de la entrada del callejón. A pesar de la escasa iluminación, aquel rostro tranquilo e inconfundible se veía claramente.
«¡Es Maia!», gritó uno de los guardias.
En un instante, la sala quedó en silencio. Todos dejaron lo que estaban haciendo y se volvieron hacia la pantalla. Ella era la persona a la que su líder les había prohibido terminantemente acercarse, pero a la que les había ordenado vigilar en todo momento.
Sentado en la silla de mando con los ojos cerrados, Chris había estado descansando. En el momento en que oyó su nombre, abrió los ojos de golpe.
Chris levantó lentamente la vista hacia la pantalla gigante.
En el instante en que Maia apareció, una sacudida le atravesó el pecho. Su corazón se aceleró sin previo aviso, rápido y con fuerza; una excitación repentina e incontrolable lo inundó, abrumadora y feroz, como si una sola mirada hubiera comprimido toda una vida en un solo momento.
Durante un breve segundo, se sintió inestable, casi desorientado.
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Sin previo aviso, un recuerdo surgió vívidamente en su mente. Estaba de pie en la entrada del Ayuntamiento, con la luz del sol derramándose sobre los escalones. Por aquel entonces, Maia lo había mirado de la misma forma en que él la miraba ahora: aturdida e insegura, con la respiración entrecortada, los ojos muy abiertos y un atisbo de inocencia que aún no había aprendido a ocultar.
Recordaba aquel momento con claridad, y el comentario juguetón que había hecho. A medio bromear, a medio burlarse, había dicho: «Lleva un rato mirándome fijamente, señorita Watson».
Al pensarlo, las comisuras de sus labios se levantaron inconscientemente en una leve y suave sonrisa.
Pero al instante siguiente, la escena cambió. Salían del Ayuntamiento, con los documentos matrimoniales en la mano. Maia había sujetado los documentos con fuerza, con expresión solemne y voz tranquila. «Cumpliré mi parte del trato, señor Cooper. Una vez que se haya cumplido la petición de Zoey, no me quedaré. Solicitaré el divorcio justo después».
Esa única palabra —divorcio— se clavó con fuerza en sus pensamientos.
La sonrisa se desvaneció. Frunció el ceño y apretó los labios.
Divorcio. Sí. Eso era lo que exigía la razón. Debería divorciarse de ella. No debería retener a Maia a su lado. Alguien como ella merecía su propia felicidad: alguien que pudiera amarla abierta y completamente, mucho más de lo que él jamás podría.
Sin embargo, en el instante siguiente, un dolor punzante lo atravesó.
«Uf…», Chris dejó escapar un gemido sordo. Sentía como si le estuvieran desgarrando la mente, con los pensamientos enredados y tensos, la razón y la emoción chocando violentamente hasta que el dolor se volvió insoportable.
Otra imagen se abrió paso a la fuerza: Maia dándose la vuelta para marcharse en la entrada del Ayuntamiento mientras él se quedaba allí de pie, mirando fijamente el certificado de matrimonio que tenía en las manos. Le pareció oír su propia voz de aquel día, clara y decidida. «¿Divorcio? Ni hablar. Nadie podría imaginar cuánto tiempo he estado esperando este momento».
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