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Capítulo 421:
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La capilla privada de los Moreno era un santuario de mármol frío y luz de velas parpadeante, cargado con el aroma de incienso antiguo y el peso de generaciones de dolor reprimido. Cuando el sacerdote comenzó la oración de agradecimiento, nos arrodillamos.
Observé a Alexzander con el rabillo del ojo. Se vio obligado a arrodillarse sobre el implacable suelo de piedra, con la cabeza inclinada, mientras el sacerdote alababa la valentía y el éxito de los hombres que acababan de dejarlo obsoleto. Cada palabra era un nuevo latigazo en su espalda. Tenía que permanecer allí —asintiendo, murmurando sus aménes— mostrando gratitud por el triunfo de los hermanos a los que ahora seguramente despreciaba.
Sentí a Damien detrás de mí, un muro sólido de calor y poder silencioso. No estaba rezando. Observaba la nuca de Alexzander con la calma y la frialdad de un hombre que decide con precisión dónde dar el golpe final.
Mientras las velas parpadeaban y proyectaban largas sombras distorsionadas contra el altar, una satisfacción fría y resplandeciente me recorrió el cuerpo. El chico que una vez había intentado avergonzarme se estaba ahogando en un mar de su propia insuficiencia.
Y yo era quien le mantenía la cabeza bajo el agua.
Punto de vista de Isabella Moreno
El cambio de la solemnidad de la capilla a la opulencia del comedor resultaba discordante: la fría piedra daba paso al cálido y sofocante terciopelo. Las lámparas de cristal esparcían una luz fragmentada sobre la larga mesa de caoba, iluminando el festín dispuesto como el botín de un conquistador: carnes asadas, vinos tintos intensos y la risa estruendosa y desenfrenada de hombres que habían ganado.
Marco se sentaba a la derecha de Damien —una posición que anunciaba la sucesión con más claridad que cualquier decreto oficial—. Relataba los detalles del transporte con gestos animados, mientras Elena se pavoneaba a su lado, con la malicia que antes me había mostrado disuelta por completo en el resplandor del triunfo de su marido.
Y luego estaba Alexzander.
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Se sentaba más al fondo de la mesa, exiliado por su propia incompetencia. No había tocado la comida. Su mano agarraba el tallo de su copa de vino con tanta fuerza que casi esperaba que el cristal se hiciera añicos y se le clavara en la palma. No miraba a Marco, ni a mí. Tenía los ojos fijos en la cabecera de la mesa.
En Damien.
Damien comía con la gracia precisa y pausada de un depredador, aparentemente ajeno al agujero que su hijo intentaba abrirle en el cráneo. Pero yo sabía que no era así. Damien lo veía todo. Simplemente no le importaba. Para él, la rabia silenciosa de Alexzander era tan insignificante como el zumbido de una mosca contra un cristal.
Di un sorbo lento de vino y observé cómo se desarrollaba la tragedia. La mandíbula de Alexzander se movía, con un músculo tensándose bajo su piel. En su mente, no veía a un padre decepcionado por el fracaso. Veía a un tirano que había orquestado su humillación, convencido de que el camino hacia su caída había sido allanado por el mismo hombre que se suponía que debía guiarlo.
Era patético. Era exquisito.
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