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Capítulo 360:
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Riccardo permaneció en silencio durante un largo rato, observando cómo la mano de Damien se cernía cerca de la parte baja de la espalda de Isabella: sin llegar a tocarla, pero siempre protegiéndola. —Ahora ella es la reina —murmuró, con un nuevo matiz de respeto en la voz—. Que Dios ayude a quien lo olvide.
Cuando el sol comenzó a ponerse, Damien e Isabella se dirigieron hacia la salida. Le hice una señal a Riccardo para que regresara a su coche y caminé hacia ellos.
Damien me vio llegar. En el momento en que nuestras miradas se cruzaron, la máscara humana se agitó. El Don regresó, y su expresión se volvió de nuevo un muro de granito.
—Marco —saludó, con voz seca.
—Isabella —dije, inclinando ligeramente la cabeza—. Estás radiante. El jardín te sienta muy bien.
—Gracias, Marco —respondió ella con una pequeña y sincera sonrisa que me hizo comprender exactamente por qué mi hermano estaba perdiendo la cabeza.
Me acerqué a Damien, inclinándome como si estuviera comprobando un detalle de seguridad. «Don», susurré, lo suficientemente bajo como para que solo él pudiera oírme. «Pareces menos un hombre que planea una guerra y más un hombre que ya ha perdido una. Ten cuidado de que no te robe los dientes».
Damien apretó la mandíbula. Un destello de algo oscuro y posesivo brilló en sus ojos: una advertencia para que me apartara. No me dignó con una réplica. Solo un gruñido seco y desdeñoso.
«¿Qué ha dicho?», preguntó Isabella, con la curiosidad despertada mientras miraba de uno a otro.
Damien extendió la mano y tomó la de ella, entrelazando sus dedos con un apretón firme y pausado. No me miró mientras le respondía.
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—Nada importante, cara —dijo, con una voz suave como la seda—. Solo le preocupa que me esté ablandando.
Los vi alejarse: el hombre más poderoso de Chicago, llevado de la mano por una chica que no tenía ni idea de que tenía su corazón en la palma de la mano. Solo esperaba que se diera cuenta de que un corazón blando era el blanco más fácil para una bala.
Punto de vista de Isabella Moreno
Las lámparas de cristal del Chicago Symphony Center brillaban tanto que podían provocar una migraña, pero mantuve mi sonrisa fija: rígida y educada. El aire olía a perfume caro, a humo de cigarro rancio y al aroma metálico de la ambición. Era la Gala Benéfica, un campo de batalla disfrazado de fiesta, donde la élite de la ciudad fingía preocuparse por los huérfanos mientras cerraba acuerdos que probablemente crearían más.
Me encontraba junto a Damien, con la mano apoyada ligeramente en el pliegue de su brazo. Llevaba un esmoquin que se ajustaba a sus anchos hombros como una segunda piel; la tela de un negro intenso acentuaba la peligrosa quietud de su postura. Para el mundo exterior, éramos la pareja poderosa de la Mafia de Chicago: el aterrador Don y su joven esposa trofeo.
Damien creía que me estaba haciendo un favor al traerme aquí. Pensaba que eso era lo que hacían las parejas normales: vestirse de gala, beber champán y dejarse ver. No se daba cuenta de que, para mí, aquello era trabajo.
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