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Capítulo 253:
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Angelina se inclinó hacia delante, ya pavoneándose como si la corona estuviera colocada sobre la cabeza de su hija. Habló de poder y alianzas y de la envidia de todas las demás familias de la Comisión. Su mirada me recorrió con condescendiente lástima mientras hablaba, como si quisiera anunciar que yo no era más que un sustituto hasta que se pudiera forjar una alianza real.
Me mantuve en silencio, interpretando el papel de la esposa obediente. Pero mis ojos estaban fijos en Caterina.
Mientras Angelina pintaba su obra maestra de grandeza, la boca de Caterina se crispó. No era una sonrisa de asentimiento, sino una curva fugaz y afilada como una navaja de lástima entremezclada con puro escarnio. Miró a Angelina como se mira a un tonto que camina a ciegas hacia el borde de un precipicio.
«Poverina», susurró Caterina, tan suavemente que casi no lo oí.
Un escalofrío se me clavó en lo más profundo de los huesos. Angelina se regodeaba con lo que creía que era un billete de oro, pero Caterina podía ver la sangre en la tinta. Había una trampa enterrada en algún lugar del apellido Falcone, una que la vanidad de Angelina la había dejado demasiado ciega para reconocer; y el silencio de Sofía empezaba a parecerme menos una aprobación y más la calma sofocante antes de una tormenta devastadora.
Punto de vista de Isabella
El silencio que siguió al susurro de Caterina fue denso y sofocante. Angelina, ajena a la lástima que se le dirigía, se sentó con la barbilla levantada, esperando los aplausos que creía que se le debían.
Sofía Moreno no aplaudió. En su lugar, levantó su taza de té de porcelana, dio un sorbo lento y deliberado, y la volvió a colocar sobre el platillo con un tintineo seco que resonó por la sala como un mazo golpeando el estrado de un juez.
𝗟a 𝗆𝘦𝗃𝘰𝗋 e𝘹𝗽𝗲𝗿і𝗲nci𝖺 d𝖾 𝗹𝖾с𝘵𝘂r𝗮 e𝗇 𝘯𝘰v𝘦𝗅𝗮𝘀𝟦𝗳𝗮𝗻.𝗰o𝗆
—Nueva York —dijo Sofía, con voz desprovista de calidez—. Los Falcone son, sin duda, un clan poderoso. Su territorio es vasto, sus soldados despiadados.
Angelina sonrió radiante, alisándose la seda de la falda. —Exactamente, Nonna. Lucía sería una reina entre ellos. Imagina la influencia que ejerceríamos.
—Me lo estoy imaginando —la interrumpió Sofía, entrecerrando sus ojos oscuros. «Y lo que veo es a un cordero entrando en una guarida de víboras».
La sonrisa de Angelina se desvaneció. «Yo… no lo entiendo».
«Ese es precisamente el problema, Angelina. Nunca ves más allá del barniz dorado». Sofía se inclinó hacia delante, y las sombras de la habitación parecieron congregarse a su alrededor. «¿Sabes por qué el heredero de los Falcone busca una novia fuera de Nueva York? Porque ninguna familia de los Cinco Distritos le entregaría a una hija a la que quisieran mantener con vida».
Un escalofrío me recorrió la espalda. A mi lado, Caterina permanecía perfectamente inmóvil, con una expresión indescifrable, aunque percibí una sombría satisfacción en su compostura.
Sofía continuó, con tono clínico, diseccionando las ambiciones de Angelina con brutal precisión. «El Don Falcone es débil. Su madre, la viuda, sigue llevando las riendas. Su esposa —la mujer a la que estás tan ansiosa por impresionar— está desesperada por conseguir un aliado. No quiere una nuera; quiere un peón que usar contra su propia suegra. ¿Y el subjefe? Está esperando a que su hermano tropiece para poder degollarlo».
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