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Capítulo 1227:
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Travis era el único que podía salvar a Dayana.
Ricky ya se había puesto en contacto con él e incluso le había hecho generosas ofertas, pero Travis se negó.
¿Y la condición que exigió? Dayana se negó a aceptarla. Así que estaban atascados.
«Es casi imposible».
A Emma se le revolvió el estómago. «¿Y los demás países? ¿No hay posibilidad de encontrar un donante en otro lugar?».
«Este tipo de sangre es el más raro del mundo. Incluso si ampliamos la búsqueda a nivel internacional, las probabilidades de encontrar un donante compatible son casi imposibles». Ricky no parecía muy esperanzado.
La voz de Emma temblaba. «¿Y qué hacemos? ¿Nos quedamos de brazos cruzados y la vemos morir?». Sus emociones se dispararon y las lágrimas que había estado conteniendo se derramaron.
Ricky se tensó al oírla llorar. «Oye, no llores».
«No estoy llorando».
«Mentirosa. Quédate donde estás. Voy para casa ahora mismo».
Ricky colgó sin decir nada más y salió corriendo de su oficina.
Cuando llegó a casa, ya era mediodía.
Emma no había salido del dormitorio principal. Después de derrumbarse antes, finalmente se había calmado, pero sus ojos enrojecidos la delataban. Esa imagen le oprimía el pecho a Ricky.
Sin dudarlo, la abrazó. «No pierdas la esperanza. Travis sigue siendo una opción».
La voz de Emma era apenas un susurro. —Pero ya ha dicho que no.
—Cambiará de opinión.
—Si tuviera intención de ayudar, no habría dejado que esto se alargara tanto.
—Si realmente se preocupa por Dayana, no dejará que muera.
En ese momento, Michael finalmente localizó a Travis.
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Travis no estaba en casa, ni tampoco en el casino. En cambio, Michael lo encontró sentado en una pequeña tienda de fideos.
En su regazo había una niña pequeña, de no más de seis años, que lo llamaba papá. Tenía unos ojos grandes y brillantes y dos coletas perfectamente atadas.
Michael casi se olvida de cómo respirar.
¿Este hombre tenía una hija?
—¿Tú… tienes una hija?
Travis levantó la vista, con una expresión indescifrable. —¿Te sorprende tanto?
—Nunca había oído nada sobre que tuvieras una hija.
—Eso es porque no debías saberlo.
Travis había mantenido la existencia de Elsa Griffin oculta al mundo. Fuera de su círculo más cercano, nadie sabía que existía.
La niña miró a Michael con curiosidad, estudiándolo con sus ojos. —Papá, ¿es tu amigo?
Sostenía el tenedor con torpeza, luchando por recoger los fideos, pero rechazaba cualquier ayuda. Por muy lento que fuera comer, insistía en hacerlo ella sola.
Este era su restaurante favorito. Le recordaba a la cocina de su madre. Cada vez que pedía fideos aquí, Travis se aseguraba de traerla.
Dio un bocado a los fideos y luego se volvió hacia Michael, inclinando la cabeza. «Papá, ¿por qué no dejas que ese señor se siente a comer con nosotros?».
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