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Capítulo 2270:
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«¡Dímelo!», exclamó Anika con voz más aguda, con un destello de ira en la mirada.
Un silencio opresivo se apoderó del ambiente. Marcel sostenía a su hija dormida en sus brazos, incapaz de hablar.
A medida que recuperaba la lucidez, los recuerdos inundaron la mente de Anika. La escena que había visto antes de perder el conocimiento se repitió en su mente.
«Muerta», murmuró con la mirada apagada. «Murió quemada…»
La horrible verdad se apoderó de ella. El dolor la abrumó. Las lágrimas le corrían por el rostro a medida que asimilaba la realidad de su pérdida.
Las enfermeras entraron corriendo, alertadas por sus gritos. Marcel sostenía a su hija con una mano y, con la otra, se acercaba a Anika. «Anika, sé fuerte», murmuró, con la voz ahogada por el dolor. Sabía que unas simples palabras no podían cerrar el enorme vacío de su corazón.
«¿Por qué? ¿Por qué ha pasado esto?», sollozó, repitiendo la pregunta.
Su mente se remontó a su última cena en familia, una comida sencilla llena de risas y calidez.
«¡¿Por qué?!», gritó de nuevo, escondiendo el rostro en los brazos de Marcel.
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El dolor que sentía era indescriptible. Deseaba que el tiempo pudiera dar marcha atrás. Haría cualquier cosa por salvarlas, aunque eso significara ocupar su lugar.
Marcel observaba su angustia con el corazón encogido. Por fin habló. «Anika, tú y Lena estáis vivas. Vuestro padre os salvó. Por favor, sé fuerte por ellas».
Sus palabras despertaron otro recuerdo: el gemido ahogado de su padre mientras se adentraba en aquel infierno de llamas.
La imagen de él llevándolas a ella y a Lena a un lugar seguro, con el cuerpo envuelto en llamas, se reproducía ante sus ojos.
La revelación llevó a Anika al límite. La vergüenza y el arrepentimiento amenazaban con sumirla en la desesperación.
Las noticias sobre el incendio estaban por todas partes en Internet. Liza, que observaba desde su casa de alquiler, se topó con la noticia. Un vídeo que acompañaba al reportaje mostraba los restos carbonizados de Garrett y Elena, y a Anika desplomándose en el lugar de los hechos.
—Oh, qué tragedia —susurró Liza, genuinamente conmocionada. Nunca había esperado que un desastre así destruyera a la familia Mendoza. Sin embargo, a pesar de su sorpresa, algo más brilló en sus ojos: un atisbo de satisfacción.
Liza seguía viviendo en la casa de alquiler con Jared, utilizando su necesidad de que él la cuidara como excusa para quedarse. Desde su última visita a Jared, no había vuelto a su trabajo.
Mientras tanto, Jared había conseguido un trabajo este mes. Trabajaba con ahínco, y a menudo no regresaba a casa hasta cerca de la medianoche cada noche. Agotado por sus largas jornadas, Jared subía al último autobús y se quedaba dormido apoyado contra la ventanilla.
Su cansancio le hacía perder interés por todo lo demás. Solo utilizaba el móvil para las comunicaciones imprescindibles.
Al llegar a casa una noche, Jared se encontró con la cara sonriente de Liza.
«Jared, ¿por qué tienes el pelo tan revuelto? ¿No te preocupa que tus compañeros se rían si apareces así?».
Mientras hablaba, Liza le ayudó a quitarse el abrigo, con un comportamiento que recordaba al de una esposa cariñosa.
Jared, sin embargo, estaba demasiado cansado para entablar conversación.
«No me importa. Lo que importa es ganar más», respondió, estirándose antes de hundirse en el desgastado sofá rosa.
Sentada a su lado, Liza le dijo con suavidad:
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