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Capítulo 1935:
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«No te preocupes», le tranquilizó Annabel. «Soy consciente de mis límites. Además, esta es mi segunda colaboración con Su Alteza. Debo superar las expectativas».
Rupert no pudo evitar admirar la inquebrantable dedicación de Annabel a su oficio.
Durante una semana, permaneció recluida en su habitación, hasta que finalmente logró un gran avance en el diseño.
Durante ese tiempo, el informe de investigación de Anthony llegó a su bandeja de entrada.
El informe ponía de relieve las severas medidas disciplinarias de la escuela, respaldadas por pruebas en vídeo.
Annabel esbozó una sonrisa, consciente de que, a veces, la sutileza prevalecía sobre el poder bruto.
Reenvió las pruebas al departamento de educación de forma anónima, segura de que intervendrían independientemente de la influencia de la institución.
Con paciencia, Annabel vigiló la página web oficial del colegio, que, a simple vista, parecía no haber cambiado.
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Fue una suerte que se hubiera topado con este oscuro secreto; se estremeció al pensar en el sufrimiento de los alumnos si no se hubiera descubierto.
Tras un día de espera, se concretó el resultado. Un titular de noticias llamó la atención de Annabel: «Cierran un colegio por malos tratos graves a los alumnos».
Una oleada de satisfacción inundó a Annabel al leer sobre el cierre inmediato de la institución y el rescate de sus alumnos.
Rupert se acercó a ella apresuradamente, señalando la misma noticia en su teléfono. «¿Ha sido obra tuya?»
«A veces, me las arreglo por mi cuenta», respondió ella con un toque de picardía.
Rupert esbozó una sonrisa, dándose cuenta una vez más de que no debía subestimar la inteligencia y el ingenio de su esposa.
Con ese capítulo cerrado, Annabel volvió a su diseño con una serenidad renovada. El proyecto se perfeccionó y se ultimó; solo quedaba darle vida.
Confeccionar prendas era algo natural para Annabel. Sin embargo, un reciente episodio de mareos le hacía sospechar que quizá se había estado exigiendo demasiado.
Anotó los materiales que necesitaba y le encargó la lista de la compra a su asistente.
En busca de consuelo, se tumbó en la cama, anhelando un respiro de su implacable agenda.
Justo cuando estaba a punto de quedarse dormida, Debora irrumpió en la habitación, rebosante de energía.
«El descanso puede esperar. ¡Ven a ver el jardín trasero en plena floración!».
Hacía siglos que Annabel no veía a Debora tan animada, no desde la visita a la tumba de sus padres biológicos.
Para no desanimarla, Annabel se dejó llevar al exterior.
La transformación era impresionante: flores de todos los colores y tipos salpicaban el jardín.
«¿Rupert ha dado el visto bueno a esto?», se preguntó Annabel, recordando su meticulosidad con respecto al jardín.
Debora asintió con seguridad. «Lo hemos hablado».
Annabel se preguntó qué habría llevado a Rupert, tan reservado por lo general, a dar luz verde a un cambio así.
Interrumpiendo sus pensamientos, su asistente llegó con los materiales necesarios.
«Es hora de volver al trabajo», anunció Annabel.
«¡Apenas has descansado!», protestó Debora.
Sin dejarse desanimar, Annabel siguió adelante.
Al comparar los materiales con su diseño, le llegó la inspiración, lo que la llevó a modificar el boceto.
Se aisló durante tres días, inmersa en su trabajo. Nadie, ni siquiera Rupert, tenía permiso para entrar en su santuario.
Al salir triunfante con el vestido terminado, se encontró con una escena inesperada.
Rupert, acurrucado lastimosamente en una cama improvisada junto a su puerta.
Incapaz de resistirse, capturó el momento con su móvil. «¿Por qué aquí? La casa tiene muchas habitaciones», comentó, encontrando su situación a la vez divertida y entrañable.
Con los ojos enrojecidos, Rupert la atrajo hacia sí, inhalando su aroma familiar.
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