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Capítulo 1921:
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«Dado que no se ha llegado a un acuerdo, quizá deberíais iros todos a casa y tomaros un tiempo para reflexionar sobre esto. Volved a reuniros cuando hayáis tomado una decisión», sugirió el agente de policía que se encontraba cerca, con tono prudente.
Tanto Annabel como Debora se mostraron de acuerdo.
Los dos ancianos permanecieron en silencio.
La noticia del reencuentro de Debora con sus padres biológicos se difundió rápidamente por Internet; el artículo detallaba cada aspecto de aquel emotivo encuentro. Cuando Annabel echó un vistazo a la noticia en su móvil, sus sospechas se confirmaron de nuevo.
Cuando ella y Debora se habían marchado antes, Annabel había conducido sola sin informar a nadie.
Y ningún periodista había acudido a la comisaría para entrevistarlas.
Esto sugería claramente que se trataba de una trampa.
Sentada en el sofá, Annabel leyó con calma los artículos de prensa.
No les prestó ninguna atención.
Casualmente, Debora regresó en ese mismo instante.
—¿Has visto las noticias? —preguntó Debora, con evidente frustración.
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Annabel la miró a los ojos con una sonrisa serena. —Efectivamente, he leído las noticias. Parece que nos han tendido una trampa.
La ira de Debora estalló mientras bebía un trago de agua con frustración. «¿Por qué estos periodistas siempre se entrometen en la vida privada de la gente?».
No hacía mucho, sus propios asuntos personales habían salido a la luz en Internet.
Ahora, sus «padres biológicos» volvían a quedar al descubierto.
Cuanto más le daba vueltas a ello, más se enfadaba Debora.
«Bueno, no dejes que te afecte. ¿Han tomado ya una decisión sobre la prueba de paternidad?», preguntó Annabel. No habían recibido noticias de la pareja de ancianos en los últimos días.
«Estos dos me parecen bastante peculiares. Cuando estábamos en la comisaría, se aferraron a mí, llorando con gran intensidad. Estaban desesperados por encontrar a su hija. Sin embargo, desde que mencionamos la prueba de paternidad, no hemos sabido nada de ellos en cuatro días».
Debora no pudo evitar atar cabos, intuyendo una correlación entre ambos sucesos.
Annabel hizo clic en una noticia y echó un vistazo a la foto que la acompañaba.
«¿Por qué salgo tan mal y tan regordeta en esta foto?».
Al oír la queja de Annabel, Debora puso los ojos en blanco.
«El fotógrafo debe de estar ciego. Fíjate en estos ángulos», refunfuñó Annabel.
Exasperada, Debora se dio la vuelta y se alejó.
Más tarde, esa misma noche, Annabel yacía en la cama, examinando con detenimiento la misma foto. De vez en cuando, se tocaba la barriga, cada vez más abultada, sintiendo los movimientos de una nueva vida en su interior.
Entonces, otro titular le llamó la atención.
««La esposa de Rupert parece estar embarazada»», rezaba el titular a grandes letras.
La protagonista de la noticia era Annabel, que aparecía bastante hinchada en cada fotografía, dando la impresión de que llevaba embarazada ya algún tiempo.
Tras refrescarse en la ducha, Rupert regresó al dormitorio. Al fijarse en la intensa expresión de Annabel, no pudo evitar preguntarle: «¿Qué estás mirando que te tiene tan absorta?».
Ella le enseñó su móvil.
«Salgo fatal en estas fotos».
Haciendo pucheros, Annabel estaba más preocupada por su aspecto en las fotos que por la noticia en sí.
«En persona eres mucho más guapa», le aseguró Rupert.
Una sonrisa de satisfacción se dibujó en el rostro de Annabel.
Quizá solo se tratara de los cambios de humor propios del embarazo.
«¿Deberíamos emitir un comunicado?», preguntó Rupert.
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