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Capítulo 1883:
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Cuando vio al médico de guardia —el mismo que había tratado a Annabel anteriormente— a punto de entrar en la sala de urgencias, la ansiedad de Rupert se disparó y se apresuró a detenerlo.
—Doctor, ¿qué cree que le puede pasar? Anoche estaba bien, y ahora… esta mañana, no se despierta.
Si esto no hubiera ocurrido antes, Rupert se habría visto completamente consumido por el miedo.
—Señor Benton, por favor, no se preocupe —le tranquilizó el médico antes de entrar.
Rupert se quedó en la puerta, esperando mientras la inquietud le oprimía el pecho. El tiempo se le hacía insoportablemente largo, pero Annabel seguía sin recuperar la conciencia.
Su mente se llenaba de posibilidades aterradoras.
El pavor se apoderó de él con fuerza y temió que resurgieran aquellos viejos horrores.
Una hora agonizante más tarde, las enfermeras sacaron a Annabel de la sala de urgencias. El médico le dedicó a Rupert una cálida sonrisa antes de llevarlo a un lado.
—¿Es consciente de la gravedad del estado de su esposa? —preguntó el médico, dejando a Rupert sin palabras.
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Sabía que Annabel había estado delicada en el pasado, pero últimamente había mejorado: le ayudaba y apoyaba los planes de Garry. De verdad pensaba que las cosas iban mejorando.
—¿Qué le ha pasado? —preguntó Rupert con ansiedad.
El médico sonrió y lo miró pensativo.
—La señora Benton está embarazada.
Al escuchar esta revelación, Rupert se sintió tan abrumado que las piernas casi le fallaron, amenazando con tirarlo al suelo.
«¿Está… está seguro?», balbuceó Rupert, con la emoción dejándolo casi sin palabras.
«La señora Benton lleva embarazada aproximadamente dos meses, pero su estado es bastante delicado y necesita mucho descanso», explicó el médico, lo que hizo que Rupert asintiera con la cabeza, comprendiendo la situación.
Sin duda, era una noticia maravillosa para ellos.
Cuando Rupert regresó a la sala, Annabel ya se había despertado.
«¿Me he desmayado otra vez?», preguntó Annabel con voz ronca, fijando la mirada débilmente en el hombre que tenía delante.
«Hay una buena noticia y otra no tan buena. ¿Cuál prefieres oír primero?», preguntó Rupert con ternura, tomándole la mano con delicadeza.
«Las noticias no tan buenas», suspiró Annabel, acostumbrada a la amargura que parecía acompañar su vida.
«Estás demasiado débil. Tienes que cuidarte mucho. Tómate un descanso del trabajo y descansa durante este tiempo».
A Annabel siempre le había costado quedarse embarazada, lo que hacía que esta nueva esperanza fuera aún más preciosa.
«¿Y las buenas noticias?», preguntó Annabel, con voz frágil pero llena de un destello de esperanza.
«¡Estás embarazada!», anunció Rupert, con una sonrisa radiante y desbordante.
Annabel se quedó atónita. Se le llenaron los ojos de lágrimas mientras miraba a Rupert y volvía a preguntar: «¿Es verdad? ¿Vamos… de verdad a tener un bebé?».
La pérdida de su anterior hijo la había sumido en un profundo dolor. Se había convencido a sí misma de que nunca volvería a quedarse embarazada. Sin embargo, de forma inesperada —milagrosamente—, lo estaba.
Annabel posó suavemente la mano sobre su vientre aún plano, maravillada ante la idea de la diminuta vida que crecía en su interior.
«¿De verdad está pasando? ¿Vamos a tener un bebé?», preguntó una vez más, necesitada de que se lo confirmaran.
Rupert asintió con firmeza. Solo entonces Annabel le creyó de verdad.
Se maravilló ante este inesperado giro del destino.
Esta vez, se prometió a sí misma que protegería a su hijo por nacer con una devoción inquebrantable.
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