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Capítulo 930:
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En su mirada oscura e insondable, era como si nada pudiera obstaculizar su visión, como si todas las barreras se disolvieran hasta que solo quedara aquella mujer despiadada en su punto de mira.
Llevaba desaparecida tres años.
Luego había reaparecido, y ya había pasado medio año.
Entraba y salía de su vida cuando le convenía, sopesando cada beneficio, cada rencor, cada movimiento calculado… pero sin dedicarle ni un solo pensamiento.
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Un suspiro lento y deliberado se escapó de los labios de Kyson, aunque no sirvió para calmar la tormenta que se gestaba en su interior. La oscuridad llenaba sus ojos, como un pozo sin fondo en el que nadie podría asomarse jamás.
La tensión se enroscaba en la mano que descansaba sobre su muslo; sus dedos se cerraban cada vez con más fuerza hasta que los nudillos se le ponían blancos, como si la sola presión pudiera astillar los huesos.
Arriba, Kailey se dio cuenta de que apenas tenía nada que empaquetar.
Una delgada pila de documentos, un puñado de conjuntos que se ponía una y otra vez… nada más.
Había llegado a este lugar sin casi nada a su nombre y ahora, al marcharse, se iba con aún menos.
Metió todo a toda prisa en la maleta y luego se dejó caer en el taburete junto al tocador, dejando escapar un largo y cansado suspiro.
—Kailey… —Justo detrás de ella, Benny se quedó de pie, desplazando el peso de un pie a otro con inquietud, con una mirada llena de preocupación—. ¿De verdad lo has pensado bien?
—Sí —la voz de Kailey sonaba ronca. «Ya no hay nada con lo que puedas disuadirme».
«Tranquila, no estoy aquí para hacerte cambiar de opinión». Benny exhaló suavemente, con un tono deliberadamente tranquilo a pesar de la tensión que le apretaba la mandíbula. «Es solo que… la gente es complicada. La mitad de las veces, ni siquiera entendemos lo que pasa dentro de nuestras propias cabezas. No paras de decir que Warren no tiene ni idea de lo que quieres. ¿Pero y tú? ¿Sabes siquiera lo que quieres?»
¿Lo sabía? No, no lo sabía.
Desde aquel accidente de coche, la vida de Kailey había dado un giro brusco, sumiéndose en una espiral que apenas reconocía.
En aquel entonces, habría respondido sin dudar: el propósito de la vida era simplemente vivirla plenamente, sentir profundamente, amar sin límites, crear y perseguir cada chispa fugaz de significado.
Pero tres años después, la verdad la había alcanzado: sobre su madre, sobre el caos de aquel incidente pasado y sobre la amargura heredada de la generación anterior.
Al final, Warren lo había relacionado todo, entrelazándolo de formas que nadie podía ver.
Alissa había sido en su día su amante —y la madre de Kailey—, lo que significaba que la responsabilidad de buscar justicia había recaído inevitablemente sobre sus hombros.
En algún momento —ni siquiera podía precisar cuándo— el peso que sentía en el pecho se había transformado en algo denso y bullente, un odio tan agudo que parecía que fuera a abrirla en canal desde dentro. Tenía que encontrar a aquel empresario de entonces, descubrir la verdad sobre aquel incendio y enviar a ese demonio a la cárcel.
Pieza a pieza, Warren ya había reunido casi todo lo que necesitaban; las pruebas se acumulaban con una crueldad casi deliberada, y cada hilo se apretaba en torno a la misma persona.
Y esa persona no era otra que Clarence, el padre de Kyson.
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