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Capítulo 1193:
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Arriba, la destartalada habitación apenas contenía algo más que una única silla en el centro. Un hombre estaba atado con fuerza a ella, con la camisa desaliñada y manchada de suciedad. La tela se tensaba sobre su pecho, revelando las duras líneas de los músculos que había debajo.
A pesar de los moratones que le cubrían el rostro, parecía totalmente sereno.
«Adelante», dijo con voz ronca, que le salía a rasguño de la garganta. «Mátame. Si te atreves».
Con la voz aún ronca, Ryan alzó la mirada hacia la mujer que tenía delante. Si las miradas mataran, ella estaría muerta mil veces.
Olivia se aferró al cinturón de cuero con tanta fuerza que le dejó profundas marcas rojas en la palma de la mano.
Parecía no sentir dolor alguno. En sus ojos no quedaba nada más que una escalofriante locura.
Miró fijamente a Ryan, con una mirada que era una maraña de amor y odio. «¿Cómo podría atreverme a matarte? Te quiero tanto».
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Se había pasado toda la vida amando a este hombre más que a nada en el mundo.
¿Y cómo se lo había devuelto él?
Los recuerdos afloraron y una oleada de furia la invadió, ahogando hasta la última pizca de cordura. Levantó el cinturón, con la voz aguda y temblorosa. «Ahora respóndeme. Sinceramente. ¿Alguna vez me has querido? ¿Me has querido?».
Ryan esbozó una mueca de desprecio, con la voz ronca.
«No».
¡Zas! El cinturón azotó su piel.
El cuero se levantó y volvió a caer.
Una marca roja y en carne viva se le dibujó en el pecho.
«…Respóndeme otra vez. ¿Me has querido?»
«No».
Otro chasquido.
Y otro más.
Durante todo este tiempo, Olivia solo había hecho esta única pregunta. Su rostro demacrado, casi esquelético, era una máscara que no revelaba nada más.
Hoy tenía que oír la respuesta que quería.
O la amaría…
O moriría a manos de ella.
La sangre le goteaba por la comisura de los labios a Ryan, lo que confería a su pálido rostro una belleza inquietante, casi inhumana.
«¿Sabes, Ryan? Cada día que pasé en la cárcel pensaba en ti… En lo que te diría cuando te volviera a ver. Si me habrías perdonado… o si quizá por fin te habrías dado cuenta de que me habías hecho daño».
Se había imaginado mil escenarios diferentes, diez mil.
Lo único que nunca había imaginado era que lo único que él sentía por ella era repugnancia.
La luz del techo era tenue y proyectaba sombras irregulares sobre los rasgos de Olivia, haciéndola parecer un monstruo en aquella penumbra incierta.
Se tiró de la comisura de la boca, esbozando una sonrisa que parecía más dolorosa que cualquier lágrima.
«¿Tienes idea de cómo he sobrevivido todos estos años?».
Cada día había contado los segundos. Lo único que la mantenía en pie era la idea del día en que volverían a estar juntos.
Pero al final, ella era la única que había querido eso.
Olivia bajó la mirada y su voz se redujo a un susurro, como si estuviera hablando en un sueño. «Cometí errores entonces. Pero tú tampoco eras inocente. No… tú eras el que se equivocó. Más equivocado que nadie».
«Si nunca te gusté, ¿por qué me dabas falsas esperanzas? ¿Por qué me dabas esperanzas?».
«¿No eras tú quien no paraba de decir que nos casaríamos?».
«¡Siempre decías que estábamos hechos el uno para el otro, que Kailey solo era tu sobrina!».
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