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Capítulo 449:
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El coste de la comida no era precisamente una ruina para su cuenta bancaria, pero sin duda lo era para el pobre repartidor.
Yelena explicó el malentendido a Corbett y Erica, manteniendo un tono tranquilo a pesar de las molestias.
Al oír que se trataba del apartamento A1004, la expresión de Corbett cambió al instante: frunció el ceño y se hizo un silencio tenso en la habitación.
—¿A1004, has dicho? —preguntó Corbett con voz tensa.
—Sí, A1004 —respondió Yelena, entrecerrando los ojos—. ¿Qué pasa con esa mirada? ¿Qué tiene de especial?
¿Había algún tipo de monstruo allí que lo convertía en zona prohibida?
Corbett se movió incómodo y carraspeó como alguien a punto de revelar una verdad incómoda. —Bueno, eh, es… el laboratorio de Brinley.
En cuanto pronunció el nombre, Erica se quedó paralizada y su rostro se nubló con inquietud. Era evidente que se trataba de un giro inesperado.
Yelena, por su parte, no era de las que se dejaban perturbar por pequeños detalles como ese. Puso los ojos en blanco y se encogió de hombros.
—¿Y qué? —dijo con indiferencia—. Aunque hubiera monstruos ahí dentro, yo iría a buscar nuestra comida. Los fantasmas no me dan miedo, y Brinley tampoco.
Corbett apretó la mandíbula y entrecerró los ojos con determinación. —Tienes razón. Vamos juntos.
—Cuenta conmigo —añadió Erica con un gesto de determinación—. Cuantos más seamos, más fuertes seremos.
Al poco rato, los tres se encontraron frente a la A1004. Desde detrás de la puerta llegaba un coro de voces fuertes, risas y, lo más tentador de todo, el aroma inconfundible de la comida que les faltaba.
Yelena y Corbett se miraron con complicidad. Las pruebas eran irrefutables. Quienquiera que estuviera dentro, claramente no estaba jugando limpio: ya se habían puesto las pilas.
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Eso no les dejaba motivo para echarse atrás: juntos, estaban listos para enfrentarse a lo que fuera.
Yelena dio un paso adelante, con la mano levantada para llamar a la puerta, pero Corbett la detuvo en seco. —¡Déjame a mí! —dijo con tono firme.
Yelena no pudo evitar reprimir una risa ante la postura dramática de Corbett, y Erica se rió suavemente a su lado.
Corbett llamó a la puerta con fuerza, con golpes secos y deliberados. Un momento después, alguien abrió.
Incluso con la puerta cerrada, el aroma persistente de la comida era intenso. Pero ahora, con la puerta abierta de par en par, el olor era absolutamente abrumador.
Corbett respiró hondo, luchando por mantener la compostura. Esa comida debería haber sido suya, ¡pero ahora la estaba saboreando otra persona!
Ese pensamiento no hizo más que avivar la ira de Corbett. La mirada fría e intensa que le lanzó a la persona que abrió la puerta fue suficiente para que esta retrocediera ligeramente.
—¿Eres tú? ¿Qué quieres? —preguntó la persona, con tono defensivo y cauteloso.
Al primer signo de conmoción, Brinley y su pandilla se acercaron a la puerta, como tiburones rodeando las aguas poco profundas. Sus ojos brillaban con interés depredador y, en cuanto vio a Corbett y su grupo, sus labios se curvaron en una sonrisa burlona.
—Vaya, mirad quién ha venido —se burló, con cada palabra empapada de desdén—. ¿No os avergonzasteis lo suficiente la última vez? ¿Habéis vuelto para repetir?
Yelena ni siquiera parpadeó en su dirección. Su mirada pasó por alto el rostro engreído de Brinley y se fijó en la mesa que había dentro de la habitación. Allí estaba: su pedido especial de Coastal Port. El paquete cuidadosamente empaquetado, ahora abierto y medio devorado, yacía como prueba del descarado desprecio de alguien.
La paciencia de Erica estalló. —¡Qué descaro! La única desvergonzada aquí eres tú —espetó, con palabras que resonaron como latigazos.
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