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Capítulo 25:
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Austin estaba sentado con una presencia tranquila pero imponente. Su aura era afilada como una navaja, sus rasgos estaban esculpidos con precisión y cada línea de su rostro rezumaba elegancia y refinamiento. Sus ojos oscuros, profundos e intensos, transmitían una autoridad tranquila. La fría indiferencia que emanaba no hacía más que amplificar la nobleza inaccesible que lo rodeaba.
Yelena parpadeó, y un destello de reconocimiento cruzó por su mente. ¿No era ese el hombre al que había sacado de un apuro recientemente? No esperaba volver a verlo tan pronto, y menos en un lugar como ese.
Apartó la mirada, sin interés en quedarse allí.
Brody se inclinó hacia ella, conteniendo a duras penas su emoción. —Bueno, ¿qué te parece? Es Austin Barton, el heredero de los Barton. Rico, influyente y atractivo. Es prácticamente un titular andante.
—No me interesa —dijo ella con frialdad, descartando la idea con un gesto de la mano.
Aquel hombre sin duda tenía el aspecto adecuado: refinado, imponente y noble, pero bajo su pulido exterior se escondía una cruda realidad. Estaba envenenado de muerte y probablemente le quedaban pocos días de vida.
La revelación golpeó a Yelena como una cerilla que arde lentamente. Recordó que Brody había mencionado que un miembro de la familia Barton ofrecía una recompensa por sus servicios en el mercado negro. ¿Podría ser él?
Brody, al ver su reacción indiferente, solo pudo suspirar con exasperación ante su falta de entusiasmo.
Mientras tanto, en la habitación contigua, Austin estaba sentado con el teléfono en la mano, el rostro iluminado por la tenue luz. Su expresión era estoica, indescifrable, como si estuviera tallada en piedra.
—¿Aún no has tenido suerte localizando a Yancy? —preguntó John Bowen, un amigo íntimo y confidente, inclinándose hacia delante con el ceño fruncido por la curiosidad. Los ojos profundos de Austin no delataban ninguna emoción cuando respondió: —No. Alguien la está protegiendo. Cada vez que nos acercamos, ya se ha ido.
John arqueó una ceja con escepticismo. —Nadie ha visto nunca a esta Yancy, ¿verdad? ¿Cómo sabes siquiera que existe? ¿Y si solo es un invento elaborado? ¿Un mito para despertar el interés? —especuló, con dudas cada vez mayores. Estaba casi seguro de que esta supuesta doctora esquiva, Yancy, no era más que un truco de marketing, un personaje inventado para cultivar un aura de intriga y exclusividad.
—Tengo pistas. Si es necesario, aumentaré la recompensa. Quienquiera que la esté escondiendo no podrá hacerlo para siempre. —El tono de Austin seguía siendo tranquilo, pero resuelto—. Si existe, la encontraremos, aunque tengamos que poner la ciudad patas arriba.
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Austin hizo una breve pausa y cambió de tema. —Este jade que se va a subastar, ¿crees en las afirmaciones sobre sus propiedades milagrosas? ¿Que puede curar dolencias?
Las afirmaciones parecían exageradas, casi como una estrategia de marketing diseñada para captar la atención. Sin embargo, incluso la más mínima posibilidad era suficiente para que Austin la investigara sin descanso.
John se recostó en su asiento, con expresión pensativa. —Es difícil de decir, pero los rumores son persistentes. Dada la reputación de esta casa de subastas, es probable que sea auténtico, o al menos lo suficientemente raro como para que merezca la pena investigarlo.
Momentos después, el subastador subió al escenario y, tras una pausa dramática, reveló la tan esperada pieza de jade.
Todas las miradas se dirigieron al escenario cuando se descubrió el jade, cuyo encanto provocó un silencio colectivo en la sala. El objeto que todos habían estado esperando por fin estaba a la vista.
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