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Capítulo 167:
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La expresión de Yelena no vaciló, su voz cortó la tensión con una precisión escalofriante. —No me interesa tu oferta —dijo con tono tajante e inflexible—. Déjalo ir. No soy conocida por mi paciencia.
Los hombres de Jacob se pusieron tensos, y su incredulidad se convirtió rápidamente en irritación.
Uno de ellos, un hombre fibroso con una sonrisa burlona, se acercó. «¿Quién te crees que eres, cariño? ¿Demasiado buena para nuestro jefe? ¿Qué tiene de especial este chico?».
Brody frunció el ceño, con tono irritado. «Ella es mi jefa, no mi novia. Y déjame darte un consejo: no te metas con ella. No es alguien con quien quieras cruzarte».
Brody no era de los que se andaban con rodeos, y esperaba sinceramente que esos matones se tomaran en serio la advertencia. Provocar a Yelena nunca acababa bien para nadie.
Pero sus palabras solo provocaron las risas burlonas de los secuaces de Jacob. —¡Tú, idiota! ¿En serio? ¿Has traído a una niña aquí como refuerzo? ¡Qué chiste más patético!
Jacob se unió con una risa fría. —¿Quieres llevarte a tu amigo y largarte? Bien. Pero primero tendrás que perder unos cuantos millones de dólares.
Estaba claro que Jacob y su banda habían calificado a Brody como un objetivo ingenuo y rico. Su reloj de lujo, su atuendo impecable y su desconocimiento de su mundo lo marcaban como un blanco fácil.
Últimamente andaban escasos de dinero y Brody parecía el pago perfecto.
Yelena entrecerró los ojos y una chispa de ira fría cruzó su rostro. Esos hombres no tenían intención de dejar marchar a Brody sin dejarlo sin un centavo.
Su mirada se posó en la pila de fichas que había delante de Jacob. Su tono era tranquilo, casi casual, cuando dijo: —Él no sabe jugar a las cartas, así que jugaré yo por él. De esa forma, no te decepcionará. Ganemos o perdamos, da lo mismo».
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Su mirada fija se clavó en la de Jacob, inquebrantable y fría como el acero. Sus palabras no dejaban lugar a negociación, dejando claro que no bromeaba.
Jacob arqueó una ceja, sorprendido por un momento, antes de reírse, con un tono de burla en la voz. «Interesante. ¿Tienes edad para apostar? ¿Crees que podrás asumir las consecuencias?».
Yelena se mantuvo firme, su gélida calma lo inquietaba más de lo que quería admitir.
—La edad es irrelevante —dijo Yelena, con un tono que cortaba el aire como el hielo—. En el juego solo hay ganadores y perdedores. El resto es ruido. Si vas en serio, juguemos, sin dramas ni juegos.
—Tienes valor. Te lo concedo. Bien. Si ganas, te llevas el dinero y te vas. Pero si pierdes…». La voz de Jacob se apagó y sus palabras rezumaban una confianza sórdida. «Te quedarás aquí conmigo. Sin huir, sin excusas». Sus ojos recorrieron a Yelena, deteniéndose en ella de una forma que dejaba claras sus intenciones. Se humedeció los labios y esbozó una sonrisa que denotaba una seguridad engreída.
Su actitud fría solo parecía aumentar su fascinación. Ella no era como las demás: su aplomo, su valentía, lo intrigaban. Y, sin embargo, también lo enfurecían.
Su mirada penetrante se clavó en Jacob. Fuera cual fuera el juego que creía estar jugando, cuando Yelena hubiera terminado, no solo se arrepentiría de sus palabras, sino de haber pensado que era alguien con quien podía jugar.
Yelena asintió con brusquedad, con expresión fría y serena. —No hay problema.
Brody se recostó en su asiento y observó a la multitud que se había reunido con silenciosa diversión. Les dedicó un momento de lástima mental: no tenían ni idea de lo que estaban a punto de presenciar.
En cuanto a Jacob, su arrogancia lo había llevado directamente al camino de Yelena.
El Texas Hold’em era, en esencia, un juego sencillo. Con cincuenta y dos cartas en la baraja, cada jugador comenzaba con dos cartas ocultas, seguidas de las cartas comunes que se repartían por etapas.
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