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Capítulo 1207:
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La sonrisa de Austin se amplió, casi diabólica en su picardía.
Sin soltar a Aus, se acercó a Yelena y la atrajo hacia sí, con voz baja y burlona. «Entonces dime, ¿con quién más los tendrías?».
Yelena, desequilibrada por su repentina cercanía, sintió que le subía el calor a las mejillas. Sin embargo, se negó a retroceder. Levantando la barbilla desafiante, replicó: «Con cualquiera. No tiene por qué ser contigo. Quién sabe lo que nos depara el futuro…».
Antes de que pudiera terminar, Austin la silenció con un beso firme y posesivo. El resto de sus palabras se disolvieron en la nada, perdidas bajo el calor abrumador de sus labios.
Temblaba incontrolablemente, impotente ante la intensidad del beso de Austin. Sus manos, que al principio se habían apretado con fuerza contra los hombros de él en señal de resistencia, perdieron poco a poco su fuerza, rindiéndose al calor de su abrazo.
Yelena se sintió como si estuviera en llamas, los últimos restos de su autocontrol se disolvieron en nada. Sus brazos, atraídos por el tacto de Austin, encontraron instintivamente el camino hacia su cuello.
Estaban tan cerca que parecía que se hubieran fundido en uno solo.
Entonces, un pequeño grito indignado rompió el momento.
Aus.
Yelena y Austin se separaron al instante.
Giraron la cabeza y vieron al gatito mirándolos con una mirada inequívoca de traición.
Yelena extendió la mano y le acarició suavemente la cabeza. —Lo siento, Aus.
Pero el gato se limitó a resoplar, apartando la cabeza, claramente indiferente a su disculpa.
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Yelena le tocó la cola, intentando convencerlo: —Vamos, no te enfades. No queríamos aplastarte.
De repente, Aus se dio la vuelta y soltó un maullido agudo, regañándolos sin rodeos.
Yelena se volvió hacia Austin, conteniendo la risa. —Nos está echando una bronca.
Austin soltó un suspiro de impotencia. —Sí, sí. Ha sido culpa mía.
Yelena entrecerró los ojos y le lanzó una mirada fulminante. —¡Claro que ha sido culpa tuya!
—En realidad —le corrigió él, ampliando su sonrisa—, también ha sido culpa tuya.
Yelena se quedó boquiabierta.
¿Cómo era culpa suya? Parecía que los hombres siempre tenían una excusa conveniente bajo la manga cuando se trataba de echarle la culpa a otra.
Austin se inclinó hacia ella, con voz llena de calidez burlona. —No tienes ni idea de lo irresistible que eres. No puedo quitarme tu imagen de la cabeza.
Los labios de Yelena se crisparon. —¿Dónde demonios has aprendido esas frases tan cursis?
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