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Capítulo 1117:
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Ella sonrió, juguetona pero impenetrable. «¿Y alguna vez pensaste que quizá no te lo pondría fácil?».
Austin esbozó una sonrisa de complicidad. Se inclinó hacia ella hasta que sus narices casi se rozaban. «¿Ah, sí? Entonces veamos cuánto tiempo aguantas».
Con un toque ligero como una pluma, le levantó la barbilla, obligándola a mirarle directamente a los ojos.
Yelena no se echó atrás. Le rodeó el cuello con los brazos y se acercó tanto que podía sentir el calor de su aliento en la piel.
El columpio se balanceaba suavemente bajo ellos, aumentando la tensión tácita que crepitaba en el aire. Sus miradas se cruzaron, como si el resto del mundo se hubiera desvanecido en el olvido.
Entonces, Austin inclinó la cabeza y rozó con los labios la comisura de la boca de ella, y el contacto le provocó un escalofrío que le recorrió la espalda.
Yelena cerró los párpados, saboreando el momento, la provocadora cercanía.
Pero Austin no se conformó con eso. Sus labios se presionaron contra los de ella, profundizando el beso, suave pero ardiente.
Yelena, por fin, se rindió y respondió con la misma intensidad, enredando los dedos en el cabello de él mientras se derretía en sus brazos.
Con el columpio balanceándose suavemente debajo de ellos y el silencio de la noche envolviéndolos como un velo, su beso se hizo más profundo, más ferviente, un deseo tácito los atraía hacia sí, como si intentaran perderse el uno en el otro.
Incluso en el calor del momento, había moderación, un entendimiento silencioso de una frontera invisible que ninguno se atrevía a cruzar.
Por fin, sin aliento, Austin se apartó lo justo para apoyar la frente contra la de ella. Su mirada, oscura y ardiente, encerraba algo más profundo, algo seguro.
—Eres mía —murmuró con voz cargada de convicción.
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El pecho de Yelena subía y bajaba, y sus ojos brillaban. «Soy tuya, Austin. Y tú eres mío».
Su expresión cambió. Algo indescifrable pasó por su mirada, algo casi peligroso.
Como un lobo hambriento durante días que olfatea a su presa.
Yelena tragó saliva. Un murmullo silencioso salió de sus labios, aunque ni ella misma sabía muy bien por qué.
El sonido fue como un susurro contra los nervios crispados de Austin, desencadenando un dolor inquieto en su interior.
Volvió a alcanzar a Yelena y la atrajo hacia sí…
En ese preciso momento, el estómago de Yelena soltó un gruñido fuerte e inconfundible.
Austin se tensó y la miró con una mezcla de incredulidad y diversión impotente.
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