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Capítulo 1116:
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Una punzada de inquietud se enroscó en el pecho de Dina, apretándole el corazón como un tornillo invisible.
—Iré a decirle a Amilia que no tome la medicina —dijo Dina rápidamente, con un tono de urgencia en la voz.
Kaiden la miró con firmeza. —Yelena puede ser mi sobrina, pero creció en el campo. No está familiarizada con todo. No deberías seguir ciegamente sus consejos.
Dina asintió con expresión seria. Había calculado mal, muy mal.
En cuanto Yelena cruzó las puertas de la finca de los Harris, apenas había dado unos pasos cuando una sombra se cernió ante ella.
Su instinto se activó. Levantó la mano, dispuesta a defenderse.
Entonces percibió un olor. Uno familiar.
Vaciló. Solo durante una fracción de segundo.
Antes de que pudiera reaccionar, una mano la agarró por la muñeca y la tiró hacia delante.
Tambaleó y chocó contra un pecho sólido. El latido constante y rítmico de un corazón llenó sus oídos, fuerte e inquebrantable. Sin embargo, su propio corazón había perdido toda compostura. Latía de forma errática, como si fuera a escapar de su caja torácica en cualquier momento.
Una voz grave, teñida de una silenciosa acusación, murmuró cerca de su oído.
—Eres despiadada.
—¿Eh?
Yelena levantó la cabeza y sus ojos se encontraron con los de Austin. Sus ojos tenían una mirada suave, casi hipnótica en la penumbra.
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Austin tragó saliva y respondió con voz baja y áspera. —Has vuelto. ¿Por qué no has venido a verme?
Un destello burlón brilló en los ojos de Yelena. Así que de eso se trataba.
Envolvió sus brazos alrededor de la cintura de él y sonrió. —Tenía pensado ir a verte ahora, ¿no?
Austin se burló entre dientes. «¿De verdad?», pensó.
—Ven conmigo.
Antes de que ella pudiera protestar, él la apartó y la levantó sin esfuerzo en sus brazos.
El sol se había puesto hacía rato y la noche los envolvía como un manto de terciopelo. El patio estaba bañado por un suave resplandor dorado, de esos que difuminan los límites entre la realidad y el sueño.
Austin llevó a Yelena hasta el columpio que había bajo los árboles y la sentó con delicadeza. El asiento de madera se balanceaba ligeramente, con un movimiento relajante, casi hipnótico.
De pie frente a ella, la miró a los ojos y, por un momento, el mundo se detuvo.
—He esperado este día durante mucho tiempo —murmuró con voz rica y suave. Cada palabra provocó una onda en el pecho de Yelena, despertando algo profundo en su interior.
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