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Capítulo 316:
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Cole se quedó mirando los moretones. Se quedó mirando la sangre en las sábanas.
La culpa era una montaña física que le aplastaba la columna vertebral. No podía respirar. No podía pensar.
—Alycia… —dijo Cole con voz ronca, como papel de lija rasgando—, no me acuerdo…
Alycia se cubrió el rostro con las manos. Un sollozo fuerte y desgarrador brotó de su garganta.
—¡No digas eso! —gritó ella, con la voz ahogada—. ¡Por favor, no digas que no te acuerdas! Estabas tan borracho, Cole. Solo quería ayudarte a llegar a tu habitación. Pero tú… tú cerraste la puerta con llave». Bajó las manos. Las lágrimas le corrían por la cara, arruinándole el maquillaje. Lo miró fijamente con ojos llenos de devastación y humillación. «Me empujaste sobre la cama», sollozó Alycia, con la voz quebrándose por completo. «Te dije que pararas. Te dije que pertenecía a Caleb. Pero no quisiste escucharme. Eras tan fuerte. Y me dolió tanto, Cole. Era mi primera vez».
Las palabras primera vez fueron una inyección letal directamente en su corazón.
Volvió a mirar la sangre. La prueba física —la evidencia de la inocencia destrozada por su propia pérdida de control, animal y ebria.
Cole se agarró el pelo a puñados y tiró con fuerza, acogiendo el dolor. Quería arrancarse la propia piel. Era un monstruo. Un monstruo repugnante y patético. Había perdido a June para siempre, y ahora había destruido el legado de su hermano.
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Bajó lentamente las manos. Sus ojos estaban completamente vacíos, despojados de toda luz o esperanza. El multimillonario arrogante y poderoso estaba completamente muerto por dentro.
Miró a Alycia. Su voz sonó monótona: el zumbido mecánico de la desesperación absoluta.
«Lo siento», dijo Cole. Las palabras sabían a ceniza.
Se levantó de la cama, con la mirada fija en el suelo, y cogió su ropa.
—Asumiré la responsabilidad —declaró Cole, subiéndose los pantalones—. Me casaré contigo. Te daré el apellido Compton.
Alycia mantuvo la cara hundida entre las rodillas, sus sollozos continuaban con fuerza. Pero, tras el escudo de sus brazos, abrió los ojos de par en par en una enorme y psicótica oleada de pura victoria.
Había ganado. El imperio era suyo.
Cole se echó la camisa por los hombros sin molestarse en abrochársela. Le dio la espalda.
—Haceré que mi asistente te consiga una residencia privada hoy mismo —dijo—. No salgas de esta habitación hasta que llegue.
Cogió su chaqueta y salió. La pesada puerta se cerró con un clic tras él.
En el instante en que la puerta se cerró, los sollozos de Alycia cesaron.
Se secó las lágrimas falsas de las mejillas con el dorso de la mano. Metió la mano debajo de la almohada y sacó su smartphone, abrió la galería de fotos y seleccionó la imagen más gráfica e innegable: su cuello magullado, el rostro dormido de Cole y la sábana manchada, todo visible en un solo fotograma.
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