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Capítulo 158:
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Silas dio un paso al frente.
Movió su alta figura con tranquila determinación, colocándose directamente entre June y el caos que se desarrollaba ante ellos. Sostuvo el paraguas firme sobre la cabeza de ella. June levantó la vista y se fijó en el cansancio que se reflejaba en sus ojos bajo las intensas luces del exterior.
—Silas —susurró June, con voz teñida de auténtica preocupación—. Gracias por traerme hasta aquí, pero deberíamos entrar. Te vas a resfriar con esta tormenta.
Silas no vaciló. —Mi única preocupación es tu seguridad, June —respondió en voz baja. Entonces, sus ojos se desplazaron hacia Cole, clavándose en él con una mirada gélida, una advertencia absoluta.
La parálisis de Cole se rompió. La visión de otro hombre protegiendo a su esposa encendió un fuego violento y tóxico en sus entrañas.
«¡Esta es mi familia!», rugió Cole por encima de la tormenta, con sus enormes manos cerradas en puños apretados y las venas del cuello hinchadas. «¡No te metas en mis asuntos, Thorne!»
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Antes de que Silas pudiera responder, las pesadas puertas de madera de la casa principal se abrieron de golpe. La señora Lynch, la ama de llaves, salió corriendo al pórtico, con el rostro pálido como la tiza por el pánico.
«¡Señor Compton!», gritó, agitando las manos frenéticamente. «¡El médico le necesita inmediatamente! ¡La presión arterial de Eleanor está cayendo en picado!».
La mención del corazón fallido de su abuela golpeó a Cole como un cubo de agua helada. La violenta ira se desvaneció, sustituida por puro pánico. Bajó la mirada hacia Alycia, que seguía sollozando ruidosamente en el barro, y le lanzó una mirada de puro y absoluto asco.
—Llévala dentro —le espetó Cole a la señora Lynch—. No dejes que monte un escándalo aquí fuera.
No esperó a ver si ayudaban a Alycia. Le dio la espalda al desorden y subió corriendo las escaleras de mármol, desapareciendo en la suite médica para atender al único miembro de la familia que realmente le importaba.
June observó cómo la absurda y caótica escena llegaba a su fin. Se dio la vuelta y se alejó del camino de entrada.
Silas la siguió de inmediato. —Te voy a llevar de vuelta a la ciudad ahora mismo —dijo, con voz firme y protectora.
June negó con la cabeza. Sentía la garganta oprimida, recubierta por el amargo residuo del agotamiento. —No me voy esta noche —dijo, con voz seca y ronca—. Tengo que hacer las maletas.
Necesitaba espacio. Necesitaba respirar. Necesitaba asimilar la locura absoluta de la que acababa de ser testigo.
Silas estudió su rostro pálido y el agotamiento reflejado en cada trazo de su postura. Asintió lentamente, respetando sus límites.
«Cierra la puerta con llave», le indicó en voz baja. «Llámame si necesitas algo. Mi equipo de seguridad privada permanecerá apostado alrededor del perímetro de esta propiedad. Si alguien intenta hacerte daño, intervendrán». No se marchó hasta que June entró a salvo en el vestíbulo seco de la casa principal.
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