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Capítulo 1007:
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En la parte trasera de su Rolls-Royce, con el motor en marcha, Alexander estaba sentado solo en la oscuridad. Se soltó de un tirón la corbata de seda y se desabrochó el botón superior de la camisa, apretando con fuerza el puño contra el muslo hasta que se le pusieron blancos los nudillos.
No podía detener esa sensación. Su tacto. Ese roce diminuto y cortés de sus dedos contra su manga. Había traspasado todas sus defensas, llegando a un lugar desprotegido e inexplorado, y se sentía exactamente como una llave deslizándose en una cerradura cuya existencia desconocía.
Cerró los ojos, pero lo único que veía era su pálido rostro temblando bajo el viento gélido: el matiz azulado de sus labios, los violentos temblores que sacudían su pequeña figura. Él la había dejado allí fuera. La había mantenido en el frío para satisfacer su propio ego.
Un peso enfermizo y opresivo se instaló en lo más profundo de su estómago.
June empujó la puerta principal de su piso de Cambridge. El silencio de la habitación vacía la golpeó como un muro físico. Se quitó los zapatos de tacón de un tirón —el cuero rozó el suelo de madera— y se cruzó los brazos sobre el pecho.
Un frío profundo, que le llegaba hasta los huesos, se había apoderado de su cuerpo. La ducha caliente del restaurante no había servido de nada. El viento de aquella terraza le había atravesado el jersey de cachemira, y ahora su cuerpo pagaba las consecuencias.
Se acercó a los ventanales que iban del suelo al techo y contempló las luces centelleantes de Boston. La ciudad parecía fría, incluso desde dentro. Su mente era una repetición caótica del comportamiento de Alexander: la chaqueta que le había quitado a la fuerza, la intensidad aterradora de sus ojos y, luego, ese violento retroceso cuando ella apenas le había rozado el brazo.
No tenía sentido. Él era una máquina. Las máquinas no se inmutan.
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Un escalofrío violento la atravesó. Sentía la garganta en carne viva y áspera, como si se hubiera tragado papel de lija. Se presionó el dorso de la mano contra la frente. Estaba caliente. Demasiado caliente.
«Genial», murmuró, con la voz ya ronca. «Simplemente genial».
Se arrastró hasta el cuarto de baño, giró el grifo de latón hasta el máximo de temperatura y llenó la bañera con patas. El vapor se extendió por la pequeña habitación, empañando el espejo. Se quitó la ropa y se sumergió en el agua hirviente, con la esperanza de quemar el frío que le calaba hasta los huesos.
Al otro lado de la ciudad, el Rolls-Royce de Alexander se deslizaba por Storrow Drive. El río a su paso era una cinta negra y helada.
Apoyó la cabeza contra el cuero fresco del asiento, con los ojos cerrados, pero la imagen de June se negaba a abandonarlo. El viento azotándole el pelo contra las mejillas pálidas. Los temblores violentos e incontrolables. Le había puesto su chaqueta a la fuerza, sí, pero eso había sido un acto de dominio, no de cariño. Había estado marcando territorio, como un animal.
Y luego, al final, ella lo había tocado. No para defenderse. No para alejarlo. Un gesto sencillo y defensivo que había significado todo lo contrario.
El contraste le atravesó las entrañas como un cuchillo. Había sido un matón. Había dejado que sus celos y su orgullo la arrastraran al frío glacial y la mantuvieran allí solo para demostrar algo.
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