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Capítulo 604:
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En la funeraria, el cuerpo de Gracie yacía en una sala de duelo, rodeado de velas parpadeantes y coronas de flores.
Carrie se arrodilló en la tranquilidad de la sala de duelo, con voz suave pero cansada, y se dirigió a Daxton. «Has tenido un día largo. Deberías irte a casa y descansar».
Daxton se acercó, con preocupación en el rostro. «Carrie, hoy has pasado por mucho. Déjame quedarme y ayudarte».
Ella negó con la cabeza, su voz suave pero firme. —Ya has hecho suficiente. Vete a casa y descansa. Te avisaré de los preparativos del funeral.
Él vaciló, apretando brevemente la mano antes de soltarla. Sus ojos se dirigieron a Kristopher, una tormenta de palabras tácitas arremolinándose detrás de ellos, pero no dijo nada.
En su lugar, le hizo un pequeño gesto con la cabeza, murmuró unas palabras de consejo y se alejó.
Cuando Carrie se dio la vuelta, su mirada se cruzó con la de Kristopher.
Hizo una pausa de una fracción de segundo antes de mirar más allá de él, con un comportamiento frío y distante, como si él no fuera más que una sombra en la habitación.
Todos los demás se habían ido, dejando solo el tenue y sombrío resplandor de las luces de la sala funeraria. La quietud se sentía pesada, casi inquietante, pero para Carrie, el silencio traía una extraña sensación de consuelo en medio del frío.
Había un dicho que había leído en Internet: «Los fantasmas a los que temes son los seres queridos que otra persona anhela volver a ver». Esa noche, las palabras resonaron profundamente en su interior. La temperatura en la sala ya era baja, diseñada para preservar el cuerpo. Con el fuego de la pila apagado, el frío se hizo más intenso, mordiéndole la piel.
Arrodillada sobre la delgada estera, Carrie podía sentir el frío del suelo filtrándose, un dolor implacable que se asentaba en sus huesos. Un estornudo repentino se le escapó, rompiendo el silencio.
Kristopher, frotándose las piernas entumecidas por estar sentado demasiado tiempo, se puso de pie. Dudó un momento, observando su cuerpo encorvado antes de acercarse. Sin decir palabra, se quitó la chaqueta del traje y se la echó sobre los hombros.
Carrie no protestó. En silencio, se acercó la chaqueta, cuyo leve calor le supuso un respiro. Se negó a mirarlo a los ojos, pero con ese pequeño gesto aceptó la ofrenda.
No podía permitirse ponerse enferma, no cuando tenía que velar a su abuela.
Los siete días de vigilia transcurrieron sin contratiempos. Carrie y Kristopher vivían bajo el mismo techo como extraños unidos por una tregua tácita. No se cruzaban palabras, no se encendían discusiones.
Kristopher le traía de vez en cuando comida, ropa limpia o agua. Carrie aceptaba estas necesidades sin quejarse, pero nunca pronunció una sola palabra de gratitud, ni siquiera un agradecimiento simbólico.
Enterró su disgusto, obligándose a concentrarse en lo que realmente importaba: asegurarse de que Gracie dejara este mundo en paz.
Todo lo demás, su odio hacia Lise, su inminente divorcio de Kristopher, podía esperar. Esas batallas pertenecían a otro momento. Pero a pesar de la calma temporal, Kristopher no encontró consuelo en ella. En todo caso, la tranquilidad se sentía como un preludio cruel del final inevitable.
La muerte de Gracie había hecho patente una verdad devastadora: su relación con Carrie podría estar más allá de la salvación.
Ya no se atrevía a esperar la reconciliación. En cambio, se aferró a estos días fugaces como un hombre que se aferra a los últimos hilos de una vida que no pudo reparar.
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