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Capítulo 983:
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Charlee sabía adónde quería llegar y rápidamente negó con la cabeza, negando con rapidez. «No».
Marc pareció respirar más tranquilo, pero solo un poco, como una vela que capta una breve ráfaga de viento.
Se acercó a la cama y se agachó para ofrecerle la mano, una invitación tácita para ayudarla a levantarse. Pero justo cuando sus dedos alcanzaron el brazo de ella, Charlee se echó hacia atrás.
—Puedo hacerlo sola.
La mano de Marc se detuvo en el aire, como si se hubiera topado con una corriente invisible. Un destello de dolor cruzó su rostro, pero desapareció en un instante, oculto bajo una máscara de indiferencia. Retiró la mano y se enderezó.
—Está bien.
Charlee se movió lentamente, apoyándose en la cama, y luego balanceó las piernas fuera de la cama. Se puso las zapatillas y caminó con pasos deliberados hacia la mesa del comedor en el segundo piso.
Marc observó su figura mientras se alejaba, con un nudo de amargura en el pecho.
—Espera, todavía estás herida. Déjame ayudarte.
Sus palabras sonaron autoritarias, firmes e inflexibles, como si hubiera trazado una línea en la arena.
Antes de que Charlee pudiera reaccionar, Marc ya estaba a su lado. Con un movimiento fluido, se agachó y la levantó en brazos.
—¡Marc! Tú… —jadeó Charlee, agarrándose instintivamente al cuello de él mientras el corazón le latía con fuerza en el pecho.
El aroma familiar de Marc la envolvió y una oleada de calor inundó sus sentidos.
Quería protestar, luchar, pero su cuerpo la traicionó y, en lugar de eso, se dejó fundir contra él, demasiado débil para resistirse. Marc la llevó con facilidad, como si no pesara más que una pluma, hacia la mesa del comedor, donde les esperaba un suntuoso banquete.
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El aroma de la comida despertó sus sentidos, prometiéndole consuelo, pero Charlee no sintió nada.
Había perdido el apetito, sustituido por una tormenta de emociones que se arremolinaban en su pecho.
—Comamos.
La voz de Marc, suave pero firme, la sacó de su ensimismamiento.
Puso un delicado trozo de pescado en su plato y la miró con expresión casi suplicante. —Come más pescado, te sentará bien.
Charlee se quedó mirando el pescado, con la mirada perdida y un silencio tan denso como la niebla. Al ver que no respondía, Marc le sirvió una generosa ración de verduras en el plato, cada vez con más insistencia.
Charlee seguía sin decir nada.
El silencio entre ellos se hizo más denso y la inquietud de Marc se intensificó.
Dejó el tenedor y la miró con seriedad.
—Charlee, sé que sigues enfadada conmigo… pero, por favor, créeme…
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