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Capítulo 899:
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«Gracias».
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en una villa apartada, el aire estaba impregnado de la delicada fragancia de las rosas, el aroma favorito de Bettina.
De pie frente a un espejo de cuerpo entero, Bettina estudió su reflejo con minucioso escrutinio.
Su vestido color champán, bordado con diminutas lentejuelas, brillaba al reflejar la luz del sol y caía con elegancia sobre su figura.
Su larga melena, suelta y ondulada, estaba peinada a la perfección, dejando al descubierto la delicada curva de su cuello. Unos mechones sueltos enmarcaban su rostro, añadiéndole un toque de encanto natural.
Su maquillaje era impecable: cada rasgo estaba acentuado con precisión, lo que hacía que su ya de por sí impresionante belleza fuera aún más cautivadora.
Los labios de Bettina esbozaron una lenta sonrisa de satisfacción. Estaba exquisita. Y esa noche tenía que estarlo.
Apartó la mirada del espejo y se fijó en el hombre que estaba recostado en el sofá cercano.
Marc llevaba un conjunto informal de color oscuro y su alta estatura desprendía un encanto natural.
Tenía un documento en las manos y lo ojeaba con aire concentrado. La luz del sol entraba por las ventanas e iluminaba los ángulos marcados de su rostro.
El corazón de Bettina dio un vuelco.
Este era el hombre por el que había luchado tanto. El hombre al que no tenía intención de dejar escapar.
Y mucho menos a Charlee.
La sola idea de su rival hizo que una llama de celos brillara en los ojos de Bettina.
—Marc —lo llamó suavemente.
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Al oír su voz, él levantó la vista, con una expresión de curiosidad en el rostro.
—¿Qué pasa?
Bettina se obligó a mantener la compostura, sin perder la sonrisa.
Sin embargo, al ver que Marc seguía sentado en el sofá, sin mostrar ninguna intención de marcharse, Bettina se detuvo sorprendida.
Su corazón dio un vuelco. ¿Era posible que él no quisiera divorciarse de Charlee?
Se mordió el labio inferior y sus ojos se enrojecieron rápidamente al llenarse de lágrimas.
Agarrándole la mano, su voz temblaba de emoción. «Marc… ¿has…? ¿Has olvidado? ¿Has olvidado… hace tres años… me prometiste… Juraste que cuidarías de mí…».
Su voz se quebró, cada vez más afligida, hasta que casi rompió a sollozar. Se aferró desesperadamente a su mano, aterrorizada de que, si la soltaba, él se escaparía.
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