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Capítulo 879:
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Empujó a Slater a un lado y se dirigió hacia Marc, cada paso deliberado, cargado de determinación.
Levantó la cabeza y lo miró a los ojos.
—Marc, 100 000 dólares para mí. —Su voz era áspera, temblorosa, cargada de emoción.
Marc la miró, con una expresión que reflejaba una tormenta de emociones encontradas.
Charlee le tomó la mano, le giró la palma hacia arriba y le puso el anillo roto y el diamante rosa en la mano.
«Toma… devuélvelo».
Las lágrimas le corrían por la cara, sin control, imparables.
Marc miró el anillo que tenía en la mano, con el cuerpo rígido.
Una tormenta se desató en sus ojos, una mezcla caótica de emociones, que aparecían y desaparecían en un segundo.
«Si… esto es lo que quieres, entonces…… te concederé tu deseo», dijo Charlee, con voz tranquila y dolorosamente decidida.
Se esforzó por esbozar una sonrisa, pero era una cruel burla de lo que había sido, más dolorosa que las lágrimas.
«Mañana a las diez de la mañana te estaré esperando en Crescent Haven.
Firmaremos los papeles del divorcio».
Luego, sin mirar atrás, se dio la vuelta y se marchó.
Sus pasos eran inestables, sus piernas apenas podían sostenerla. Sentía que podía derrumbarse en cualquier momento.
—¡Charlee!
Marc la vio alejarse, con una tormenta de emociones agitando su interior.
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Quería ir tras ella, pero sus pies parecían clavados al suelo, negándose a moverse. Algo parpadeó en su mente: imágenes borrosas y distorsionadas, destellos de algo cálido, algo precioso, algo que no podía comprender.
Entonces, de la nada, un dolor agudo le atravesó el cráneo.
—Marc, ¿estás bien? —preguntó Bettina con preocupación, al notar la palidez repentina en su rostro.
Marc negó con la cabeza, parpadeando para combatir el dolor. —Estoy bien.
Pero sus ojos permanecieron fijos en el camino por donde Charlee había desaparecido, demorándose allí mucho más de lo que deberían.
Porque en lo más profundo de su ser, podía sentirlo: algo se le escapaba entre los dedos. Algo a lo que no se había dado cuenta de que quería aferrarse hasta que fue demasiado tarde.
«Vamos a casa». La voz de Marc era tranquila, desprovista de emoción, como si nada hubiera pasado.
Su mirada, que antes se había detenido en la dirección en la que había desaparecido Charlee, se desplazó lentamente hacia Bettina, que estaba a su lado.
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