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Capítulo 857:
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«Marc… ¿dónde estás? Lo siento… He perdido el anillo…», dijo con voz entrecortada, apenas un susurro. «No puedo parar… Tú me lo diste… Tengo que encontrarlo…». Charlee se secó la cara y se obligó a concentrarse. El frío la calaba hasta los huesos.
Pero apretó los dientes y siguió adelante, rebuscando entre la tierra con renovada determinación.
La llovizna se había convertido en un aguacero implacable que la empapaba por completo. La ropa se le pegaba a la piel como una segunda capa asfixiante, haciendo que cada respiración fuera más pesada.
Sus manos, ahora entumecidas, trabajaban mecánicamente, buscando, buscando…
«Encuéntralo… Debo encontrarlo…», repetía en voz baja, como una plegaria desesperada. Entonces, a través de la espesa cortina de lluvia, un par de faros atravesaron la oscuridad.
Charlee entrecerró los ojos ante el resplandor, pero no se detuvo.
Un elegante sedán negro se detuvo a su lado.
—¿Charlee?
Una voz masculina, sorprendida, la llamó desde el interior del coche.
Ella no respondió. Su mundo se había reducido al suelo embarrado bajo sus dedos.
La puerta del coche se abrió de golpe y salió un hombre con un paraguas negro en la mano. Se dirigió hacia Charlee.
—Charlee, ¿qué demonios estás haciendo? ¿Necesitas ayuda?
La voz de Slater atravesó la tormenta, pero ella apenas la percibió.
Charlee no le prestó atención, concentrada únicamente en encontrar el anillo de diamantes, el preciado símbolo del amor de Marc por ella, algo que valoraba más que su propia vida.
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Slater frunció el ceño mientras la observaba.
No sentía ningún apego especial por esta mujer, solo encontraba sus acciones un tanto absurdas.
Tres años atrás, se había acercado a ella fingiendo afecto, todo por una misión del Grupo Mosaico: un elaborado plan para infiltrarse en la vida de Marc.
—¡Sr. Quimby, esto es una locura! ¡Está lloviendo a cántaros! ¡Déjela, está fuera de sí! —le gritó impaciente su chofer desde el auto.
Slater lo hizo callar con un gesto.
La mirada aguda de Slater se clavó en Charlee.
No se parecía en nada a la mujer serena que había conocido. Ahora era un desastre: empapada, temblando, impulsada por la pura determinación.
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