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Capítulo 849:
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Quería aclarar sus ideas, darle sentido a todo, pero era como si sus pensamientos estuvieran encerrados en una jaula, fuera de su alcance.
Lo único que podía hacer era rendirse al caos que lo consumía.
En ese momento, Bettina se agarró repentinamente el pecho y un gemido agudo y agonizante escapó de sus labios.
—Ugh… —Su tez se desvaneció y su piel estaba cubierta de sudor.
—Bettina, ¿qué pasa? —preguntó Marc, con voz llena de preocupación mientras corría a su lado.
Bettina apretó la mano de Marc con fuerza y apenas pudo articular un susurro. —Marc… el pecho… me duele… mucho…
Su cuerpo temblaba, y cada temblor era una señal visible del dolor que la atormentaba.
Al ver esto, Marc entró en pánico.
Rápidamente la llevó a la cama y la acostó con cuidado. —Quédate aquí, ¡llamaré a un médico!
Marc se dispuso a levantarse, pero Bettina le apretó la mano con fuerza.
—No… no te vayas…
Sus dedos se engancharon a los de él, impidiéndole moverse.
—Marc, estoy bien… es solo… una vieja enfermedad que se ha reactivado… solo… quédate conmigo… por favor… Su voz era frágil, como si cada palabra fuera su último aliento.
Él le apretó la mano con fuerza y le respondió con voz suave pero decidida. —Está bien, no me voy. Me quedaré contigo, siempre.
Su rostro se suavizó en una sonrisa y se sintió invadida por el alivio.
Exhaló lentamente y cerró los ojos, como si el sueño la hubiera vencido.
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Pero, en cuanto Marc se sumió en el sueño, Bettina abrió los ojos de golpe, con mirada aguda y clara.
No había rastro de la fragilidad que había mostrado momentos antes.
Con movimientos cuidadosos, se incorporó, procurando no molestar al hombre que tenía a su lado.
Miró el rostro tranquilo e inconsciente de Marc, con una expresión indescifrable, distante.
—Charlee… —murmuró, con voz baja y cargada de rencor.
Esa mujer había traspasado todos los límites. ¿Acaso esa zorra creía que era un blanco fácil al que podía manipular a su antojo?
Con una determinación férrea, Bettina buscó debajo de la almohada y sacó su teléfono. Sus dedos se movieron rápidamente, desbloqueando la pantalla y marcando un número. El teléfono fue contestado rápidamente, y una voz grave y ronca respondió al otro lado. —¿Hola?
La voz de Bettina era un susurro escalofriante, más frío que el hielo. —Es la hora. El plan puede comenzar.
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