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Capítulo 818:
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—Mooney, ve inmediatamente a Crescent Haven. Detén al nuevo chef y trae a un médico para que examine a Kason. —Su voz era fría, impregnada de una autoridad que no dejaba lugar a la réplica.
—Entendido, señorita Sullivan —respondió Mooney sin dudar.
En cuanto terminó la llamada, Charlee acercó a Kason hacia sí y lo abrazó con fuerza.
Si no lo hubiera descubierto a tiempo, las consecuencias podrían haber sido catastróficas.
—Mamá, ¿qué pasa? —Kason la miró, intuyendo su inquietud.
Charlee miró el rostro dulce e inocente de su hijo y sintió un dolor sordo en el pecho.
—No pasa nada, cariño. Mamá solo está un poco cansada —dijo, esforzándose por sonreír mientras le revolvía el suave cabello.
Pero en el fondo, la sangre le hervía de rabia. Eloise no se saldría con la suya. Nadie haría daño a su hijo.
Fuera de la villa, la noche se alargaba, oscura y amenazante. Un elegante coche negro se detuvo con un chirrido en la entrada.
Mooney salió el primero, flanqueado por varios guardaespaldas y un médico. Sin perder un segundo, irrumpieron en el interior y se apoderaron inmediatamente del tembloroso nuevo chef.
El hombre palideció, el sudor le goteaba por la frente y las piernas le temblaban.
—¡Lo juro, no sé nada! ¡Solo soy el cocinero! —tartamudeó con la voz quebrada por el miedo. Su mirada frenética se movía de un lado a otro, desesperada por encontrar una salida. No había sido más que un peón. Al ser un pariente lejano de Eloise, había aprovechado su conexión para colarse en la casa de los Harris. Eloise le había prometido una recompensa cuantiosa, una suma tan generosa que le habría asegurado el futuro.
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Pero nunca imaginó que su primer intento de manipular la comida sería descubierto. Y menos aún por Charlee, una mujer tan peligrosamente perspicaz que resultaba aterradora.
Pensó que era solo una dosis minúscula, nada que un niño pudiera notar. ¿Quién podría haber predicho que Charlee se daría cuenta al instante?
—¡Deja de retorcerte! —ladró uno de los guardaespaldas, retorciendo los brazos del chef a la espalda.
Charlee observó la escena con una frialdad impasible, como si estuviera simplemente viendo una obra de teatro cuyo final ya conocía.
—¿Qué te dijo Eloise que hicieras? —Su voz era tranquila, pero tenía un tono letal.
El chef se quedó sin aliento. Tenía los ojos muy abiertos por el terror. —Yo… yo… no lo sé. La señora Harris solo me dijo que… que añadiera algo a la comida.
La mirada de Charlee se agudizó. —¿Añadir qué?
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