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Capítulo 701:
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Marc la miró, con expresión indescifrable. No dijo nada, pero su mirada le dijo más que las palabras. Los ojos de Bettina brillaban de satisfacción.
Su plan estaba saliendo según lo previsto.
Mientras Marc odiara a Charlee, ella podría controlarlo y, a través de él, al Grupo Harris.
—Charlee… —murmuró Marc de nuevo, con resentimiento en el tono.
Aunque no recordaba los detalles, sabía que Charlee era alguien a quien tenía que enfrentarse.
—Mayordomo, puede retirarse —dijo Bettina con tono claro y autoritario. El mayordomo asintió y salió, cerrando la puerta tras de sí.
—Marc, descansa ahora. Yo me encargaré de todo lo demás —susurró Bettina, acariciándole suavemente la mejilla con los dedos. Marc asintió y volvió a cerrar los ojos.
Bettina se quedó a su lado, observándolo dormir. Una sonrisa fría se dibujó en su rostro, su plan cada vez más cerca de completarse.
Bettina salió de la habitación de Marc, sus dedos se detuvieron en el pomo de la puerta antes de cerrarla suavemente tras de sí.
La calidez de su expresión se evaporó al instante, sustituida por una mirada fría y calculadora. «Charlee, veamos cómo se desarrolla esto». Sin dudarlo, se dirigió hacia el estudio y abrió la puerta de un tirón.
—¿Está todo en orden?
Su voz era aguda, desprovista de calidez, como una navaja que cortaba el silencio.
El asistente estaba de pie junto al escritorio, con las manos cuidadosamente cruzadas sobre una carpeta forrada en cuero. —Señorita Walsh, todo está arreglado.
Bettina se acercó con pasos mesurados, cogió el bolígrafo y garabateó su firma con fuerza deliberada.
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—Esa niña… debe desaparecer —declaró, con cada sílaba impregnada de veneno.
El asistente permaneció en silencio, inclinando la cabeza mientras guardaba la carpeta.
Bettina apretó los puños, y sus nudillos se pusieron pálidos.
Se volvió hacia la imponente ventana y contempló el horizonte de la ciudad. —El Grupo Harris es mío. Nadie me lo quitará.
Sin decir nada más, el asistente hizo una ligera reverencia y se retiró, dejando a Bettina sola en el estudio, con su sombra alargándose bajo la tenue luz.
Mientras tanto, en una guardería privada, Kason esperaba en la zona de recogida, con sus pequeñas manos agarradas a las correas de la mochila. Sus grandes ojos oscuros parpadeaban de izquierda a derecha, escudriñando los rostros de los adultos que pasaban.
Los minutos se convirtieron en una eternidad. La hora acordada había pasado hacía rato, pero la cara familiar que tanto anhelaba seguía sin aparecer.
Una leve arruga se formó entre sus cejas mientras la inquietud se apoderaba de su pecho. A pesar de su inteligencia, no era más que un niño.
Se mordió el labio, esforzándose por no llorar, aunque las lágrimas brillaban en sus ojos.
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