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Capítulo 431:
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Mientras su teléfono seguía pitando con un mensaje tras otro, una ola de exasperación la invadió.
No quería leer ninguno. Con un movimiento decidido, apagó el teléfono y lo lanzó al sofá cercano.
La idea de oír su voz o incluso ver su nombre la llenaba de una irritación insoportable.
Desde un rincón de la habitación, Charlee observaba la escena. Suspiró suavemente, con expresión de empatía y preocupación. Se acercó a Nadia y le ofreció una taza de café caliente. «Nadia, no te estreses por eso. El tiempo te dará la claridad que necesitas», le dijo con tono tranquilizador.
Nadia aceptó el café y lo envolvió entre sus manos. Una sutil sonrisa de agradecimiento se dibujó en su rostro. —Gracias, Charlee.
Días más tarde, el sonido del timbre resonó en la casa. Charlee abrió la puerta y se encontró a Shane delante de ella. El cansancio era evidente en su rostro, pero aún así traía un ramo de girasoles de colores vivos.
—¿Está Nadia? —preguntó con voz áspera y tensa.
Charlee lo miró fijamente, con una expresión que reflejaba una compleja mezcla de compasión y severidad. —Shane, Nadia no está lista para verte ahora.
El color desapareció del rostro de Shane y los girasoles que sostenía parecían más apagados, como si compartieran su silenciosa desesperación.
«Sé que he cometido errores, pero te suplico que me des una oportunidad para arreglar las cosas. Por favor, déjame hablar con ella, aunque solo sea un momento», suplicó con voz ronca y desesperada.
Charlee se detuvo, con un atisbo de compasión en los ojos, antes de negar lentamente con la cabeza. «Shane, es mejor que te vayas. Nadia necesita tiempo para recuperarse, y tu presencia aquí solo va a reabrir viejas heridas».
El dolor se reflejó brevemente en el rostro de Shane. Le dirigió a Charlee una mirada prolongada y significativa antes de darse la vuelta, con una expresión de desánimo mientras se quedaba en el umbral.
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Con un suave clic, Charlee cerró la puerta detrás de él y volvió al salón, donde Nadia estaba de pie junto a la ventana. Su silueta era sombría y delicada contra la suave luz, con los hombros temblando mientras lágrimas silenciosas le recorrían las mejillas.
Era consciente de que Shane había llegado, al igual que sabía que se había marchado.
En la habitación tenuemente iluminada, Lorelei parecía más agotada y cansada que nunca.
Los interminables días entre aquellas paredes se habían difuminado en una neblina vaga y atemporal.
¿Dónde estaba su padre? ¿Por qué no había regresado aún de su viaje de negocios?
En ese momento, un suave golpe resonó en la habitación.
Una joven criada entró en la habitación con un vaso de agua en las manos. Inclinó la cabeza, evitando mirar a Lorelei por pura timidez.
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