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Capítulo 1127:
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Sentados en la parte trasera, Charlee y Marc permanecían en silencio, agobiados por el peso de los temores que no se atrevían a expresar.
Cuando llegaron, ya se había establecido un perímetro policial alrededor de la fábrica. En cuanto salieron, Alden y los guardaespaldas se colocaron detrás de ellos.
El oficial al mando se acercó con expresión grave. —Señor Harris, señora Sullivan, la situación dentro sigue siendo incierta. Por su seguridad, les pido que permanezcan fuera por ahora.
Marc frunció el ceño, dispuesto a discutir, pero Charlee le agarró de la muñeca. «Escúcheles», murmuró con voz firme.
No era momento para desafíos imprudentes. Su seguridad era lo primero.
Esperaron detrás del cordón policial, conteniendo la respiración, con la tensión en aumento.
Por fin, las puertas de la fábrica se abrieron con un chirrido. Los agentes salieron, exhalando aliviados.
«No se ha encontrado a ninguna persona sospechosa en los alrededores».
Una vez dado el visto bueno, Charlee y Marc no perdieron tiempo en entrar.
El interior de la fábrica era un desastre. El corazón de Charlee latía con fuerza contra sus costillas, cada golpe resonando en su creciente inquietud. Tragó saliva con dificultad, obligándose a mantener la calma.
Siguiendo a los agentes, avanzaron por pasillos oscuros hasta llegar a la nave principal de la fábrica.
La escena que se presentó ante sus ojos le dejó sin aliento. Mooney colgaba en el aire, con cadenas envueltas alrededor de su cuerpo magullado y ensangrentado. Sus heridas eran profundas y su ropa estaba empapada de sangre, que goteaba sobre el cemento. Charlee vio borroso y sintió que las rodillas le fallaban.
Marc la sujetó al instante. —Charlee.
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—¡Bajadlo! ¡Ahora!
Los agentes y los guardaespaldas se movieron rápidamente, trabajando juntos para desatar las cadenas y bajar a Mooney con cuidado al suelo.
Charlee y Marc se apresuraron a acercarse.
La cara de Mooney estaba tan hinchada que era irreconocible.
Pero su pecho aún subía y bajaba.
Estaba vivo, ¡todavía respiraba!
Charlee sintió que una chispa de esperanza se encendía en la sofocante oscuridad. —¡Llevadlo al hospital, ahora mismo! —instó con voz aguda y urgente.
Alden no perdió tiempo y ordenó a sus hombres que levantaran a Mooney y lo llevaran rápidamente a un vehículo que esperaba. —¡Marc, tenemos que irnos también!
—De acuerdo.
Sin dudarlo, lo siguieron.
En el hospital, se quedaron paralizados mientras Mooney era llevado en camilla a urgencias y las puertas se cerraban detrás de él.
Charlee apretó los puños. Sentía un nudo en el estómago, una mezcla nauseabunda de miedo y culpa.
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