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Capítulo 1104:
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Así que había un problema.
—Traedlo de vuelta. Inmediatamente —ordenó con voz gélida.
—Sí, Sra. Sullivan.
La llamada terminó. Sin perder un segundo, Charlee se levantó de la silla y se dirigió hacia el aparcamiento.
Al poco tiempo, varios coches con las lunas tintadas se detuvieron frente a ella. Las puertas se abrieron y Omar salió flanqueado por varios hombres, arrastrando a una figura entre ellos.
Deandre.
Tenía el rostro pálido y el cuerpo temblando violentamente. Llevaba los pantalones mojados y desprendía un hedor nauseabundo.
Estaba tan aterrorizado que había perdido todo el control.
En cuanto vio a Charlee, se derrumbó de rodillas, como si ella fuera su último salvavidas.
—Señorita Sullivan, por favor, ¡tenga piedad! ¡Perdóneme! —gritó con voz ronca por el terror.
—¡No sé nada! ¡Solo soy un trabajador! ¡Por favor, se lo ruego! —Sus súplicas desesperadas llenaron el aire.
Omar se adelantó y le mostró una tableta.
—Señora Sullivan, hemos encontrado algo.
Charlee apenas miró la pantalla.
Una cuenta bancaria. Dos millones de dólares.
Levantó la vista y clavó los ojos en el hombre que sollozaba ante ella, con una expresión indescifrable.
—Con tanto dinero, ¿por qué sigues matándote a trabajar? —Su voz era como una navaja que atravesaba la fachada.
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Deandre se estremeció. Su palidez se intensificó mientras negaba con la cabeza tan violentamente que parecía que se iba a romper el cuello.
«¡No es mío, Sra. Sullivan! ¡No sé nada de eso, lo juro!», balbuceó, con los ojos desorbitados.
«Entonces, ¿por qué huías?». Su tono era frío como el acero.
Deandre temblaba, con la culpa reflejada en su rostro.
—¡Mi… mi madre está enferma! ¡Iba corriendo a casa para verla!
Los labios de Charlee apenas se movieron. Con una sutil mirada, hizo una señal a los guardaespaldas.
Estos se movieron al instante. El sonido de los puños golpeando la carne resonó en el aparcamiento.
—¡Ah! ¡Parad! ¡Por favor, parad!
Los gritos agonizantes de Deandre resonaron, rebotando en las paredes de hormigón. Cuando lo soltaron, apenas estaba consciente, con el rostro grotescamente hinchado y la respiración entrecortada.
—¡Hablaré! ¡Hablaré! ¡Por favor, deténganse!
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