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Capítulo 1092:
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La voz de Marc salía en ráfagas irregulares, cada palabra le salía de la garganta como si hablar le exigiera toda la fuerza que le quedaba.
«Esta tarde, Bettina me dijo que Celia estaba enferma y me pidió que fuera a verla…».
Sus besos bajaron por el cuello de ella, urgentes y posesivos, como si intentara marcarla con su tacto.
«Celia me drogó. Sabía que algo no iba bien y volví. Me dejé el teléfono en su casa y no pude llamarte».
Charlee se quedó paralizada.
¿Así que Bettina la había engañado a propósito?
¡Esa mujer era realmente despreciable!
¿Cómo había podido ser tan ingenua y dejar que esas fotos hicieran tambalear su confianza en Marc?
Su corazón se agitaba con una mezcla de emociones.
Al ver la angustia en sus ojos, instintivamente extendió la mano para consolarlo.
A la mañana siguiente, el agudo sonido del teléfono despertó a Charlee. A su lado, Marc se movió, ya despierto. Sus miradas se cruzaron, con la intensidad de la noche anterior aún flotando en el aire.
Se incorporó bruscamente y respondió a la llamada.
—¿Hola?
Al otro lado, la voz aterrada de Silvia atravesó la línea, con el caos zumbando de fondo.
—¡Señora Sullivan, ha ocurrido algo terrible! ¡Se ha derrumbado el Centro Internacional de Comercio! Había trabajadores montando el interior y muchos han quedado atrapados. ¡Se están llevando a cabo las labores de rescate!».
Charlee sintió un nudo en el estómago. «¿Cómo ha podido pasar? ¿Dónde estás?».
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«Estoy en el lugar del suceso», dijo Silvia con voz temblorosa, a punto de romper a llorar. «¡Es muy grave!».
Charlee no perdió ni un segundo. Se quitó las mantas de encima y se vistió a toda prisa.
La situación era grave. No había tiempo para dudar.
Marc, que ya intuía la urgencia, la siguió rápidamente.
—Voy con usted.
Se vistieron apresuradamente y salieron corriendo por la puerta.
Durante el trayecto, Charlee intentó calmarse, pero su mente era un torbellino.
No se trataba solo de la reputación de la empresa, sino de la vida de personas. Tenía que estar allí. Ya.
Marc tomó su mano fría entre las suyas, con un apretón firme y seguro.
No necesitaba decir nada. Su sola presencia era suficiente. Cuando llegaron al Centro de Comercio Internacional, el caos era evidente incluso antes de que el coche se detuviera por completo.
Fuera, los periodistas se agolpaban como buitres alrededor de las barricadas policiales,
con las cámaras disparando sin descanso y sus voces fundiéndose en un clamor ensordecedor.
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