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Capítulo 1091:
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Unos brazos fuertes la rodearon por la cintura, atrayéndola hacia sí, y unos labios familiares le dejaron un rastro de besos ardientes a lo largo del cuello.
Un escalofrío recorrió su cuerpo.
—¿Marc?
Su voz era apenas un susurro, tembloroso.
Pero tan rápido como pronunció su nombre, la realidad volvió a golpearla.
Se liberó de él, empujándolo con todas sus fuerzas.
Marc trastabilló hacia atrás, apenas logrando mantenerse en pie antes de caer.
—¡No me toques!
La voz de Charlee era como hielo, cada sílaba cortando el silencio.
Encendió la lámpara de la mesilla, inundando la habitación de luz. Marc estaba delante de ella, empapado. Llevaba la camisa abierta, pegada a la piel, dejando al descubierto un pecho esculpido aún brillante por las gotas de agua. Respiraba con dificultad, tenía el rostro anormalmente enrojecido y los ojos nublados y desenfocados. A Charlee se le encogió el corazón.
—Marc, ¿qué demonios está pasando?
Marc dio un paso inestable hacia ella, entreabriendo los labios en un murmullo. —Charlee… Me siento fatal…
Extendió la mano hacia ella, rozándole apenas los dedos antes de que ella se apartara.
—Dime qué pasa.
Charlee luchó por mantener la voz firme, reprimiendo la tormenta de emociones que se agitaba en su interior.
—No lo sé.
Marc negó ligeramente con la cabeza, con expresión de dolor.
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Sentía como si el fuego le corriera por las venas, despojándole de toda razón.
—Charlee, te necesito…
Su voz sonó áspera, casi desesperada, mientras se abalanzaba de nuevo sobre ella.
Al ver cómo se desmoronaba el hombre que tenía delante, la mente de Charlee se aceleró.
Luchó por liberarse de su agarre, pero él la sujetaba con firmeza, con el cuerpo ardiendo contra el suyo.
—Marc, suéltame. Llamaré al mayordomo para que traiga un médico.
Marc parecía sordo a sus palabras, sus acciones no vacilaban.
La agarró con fuerza, sus labios recorriendo febrilmente sus mejillas, sus lóbulos y cada centímetro de piel desnuda a su alcance. —Charlee, no tengas miedo. Nunca te haría daño.
Su voz era áspera y entrecortada, y salía en susurros entrecortados, como si le salieran de lo más profundo de la garganta.
Sus besos se volvieron desesperados, frenéticos. El pulso de Charlee latía con fuerza en sus oídos.
—¿Qué demonios te pasa?
—Continuó Charlee—. Suéltame primero y hablemos como es debido, ¿de acuerdo?
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