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Capítulo 9:
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En el momento en que Sophie entró en la villa de la familia Barnes, sintió un nudo en el pecho. El lugar le parecía más territorio enemigo que su hogar.
En realidad, no había vivido allí desde que se marchó a la universidad. Por aquel entonces, Michelle no paraba de hablar de que «la economía está mal» o de que «la empresa está pasando apuros». Era su forma, nada sutil, de decirle a Sophie que no esperara ayuda.
Sophie captó la indirecta enseguida. A partir de entonces, dejó de depender de la familia Barnes para cualquier cosa. Sus matrículas las pagaba con préstamos, sus gastos diarios los cubría dando clases particulares a niños después del colegio, y los veranos los pasaba compaginando trabajos a tiempo parcial. Las fiestas como Navidad o Acción de Gracias eran las únicas ocasiones en las que se molestaba en volver, e incluso entonces, contaba las horas que faltaban para poder marcharse.
«Sophie, la señora Barnes te espera en el salón», dijo en voz baja Clara Brown, la criada, mientras la guiaba por el cuidado jardín.
Sophie parpadeó, tomada por sorpresa por el comportamiento de Clara. Nadie en la casa de los Barnes la había tratado con tanto respeto en años. Alice se había encargado de ello. Debido a sus celos, el personal de la casa siempre ignoraba a Sophie.
Sophie se encogió de hombros. Hacía mucho tiempo que había dejado de preocuparse por eso.
Sus pensamientos vagaron de vuelta a su pequeño apartamento. Se preguntó qué estaría haciendo Adrian. Su piso de alquiler no era gran cosa comparado con esta villa, pero era suyo. Aquel pequeño lugar le resultaba más acogedor que esta lujosa villa. Y lo que lo hacía aún mejor era que Adrian estaba allí, esperándola.
Solo ese pensamiento la hizo acelerar el paso.
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Si acababa con esto rápido, podría volver antes, y tal vez incluso arrastrarlo a comprar ropa. Los niños ricos y mimados como él probablemente ni siquiera sabían regatear.
Mientras estaba absorta en sus pensamientos, la voz de Alice la atravesó como uñas sobre cristal. «Vaya, vaya. ¿Qué tal la vida con tu feo marido? He oído que los Knight te han quitado tu flamante casa nueva. Dime, ¿dónde pasaste la noche de bodas? ¿En un banco del parque?»
Sophie ni siquiera la miró. Sus ojos se dirigieron directamente a Michelle. «Hice lo que querías. Me casé con Adrian. Ahora, cumple tu palabra».
Michelle se tomó su tiempo, sirviéndose una taza de café. El aroma se extendió por la habitación, intenso y amargo. «¿Así es como le hablas a tu tía?
¿Has olvidado tus modales?»
Sophie casi se rió ante tanta hipocresía. La misma mujer que había esgrimido el paradero de su madre como un arma ahora le daba lecciones sobre el respeto. Y Alice, la bocazas a su lado, nunca la había tratado como a una de la familia, para empezar. ¿Modales? Menuda broma.
«Me casé bajo el nombre de Alice», dijo Sophie con voz tranquila, clavando la mirada en la de Michelle. «Si me has mentido, no dudaré en decir la verdad».
Ese tono firme sobresaltó a Michelle. Sophie siempre había sido la obediente, nunca la había desafiado. No estaba acostumbrada a ese fuego.
«¿A quién crees que estás amenazando?», replicó Alice, prácticamente temblando de ira. «A Adrian ya lo han expulsado de la familia Knight. Aunque descubra la verdad, no hay nada que pueda hacer».
Sophie esbozó una leve sonrisa. «Puede que a Adrian no le importe. ¿Pero a los Knight? ¿Crees que se lo tomarán a broma si descubren que los has engañado?».
Alice estaba a punto de abalanzarse sobre ella, pero Michelle la detuvo agarrándola del brazo.
Esbozando una sonrisa forzada, Michelle dijo: «Cálmate. Nadie ha dicho que no te lo fuera a contar».
De su bolso, sacó un trozo de papel doblado y lo deslizó por la mesa. «Tu madre está viva. Este es su número».
Las manos de Sophie temblaban mientras sus dedos rozaban el papel. Al fijar la vista en la extraña secuencia de números, se le hizo un nudo en la garganta. Después de años de llegar a callejones sin salida, ¿estaba la respuesta justo ahí, en un trozo de papel arrugado?
Antes de que Michelle pudiera cambiar de opinión y arrebatárselo, Sophie buscó a tientas su teléfono y marcó los dígitos. Cada pitido del tono de llamada le atravesaba el corazón como un cuchillo.
Por fin, la línea se activó.
«¿Hola? ¿Eres Zola Barnes?», preguntó Sophie.
Hubo una pausa, y luego se oyó una voz familiar que no había oído en años. «¿Soph? ¿Eres tú?».
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