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Capítulo 233:
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«Cuando tengamos una hija, quiero que su habitación sea así. De hecho, vamos a superarlo. Se merece algo aún mejor». Adrián sonrió, echando un vistazo a su alrededor.
Las mejillas de Sophie se pusieron rojas como un tomate. Le dio un golpecito en el brazo, medio avergonzada, medio enfadada.
Pero Adrián se fijó en cada detalle como si lo dijera en serio. Estudió los peluches, hojeó viejos libros ilustrados e incluso echó un vistazo al escritorio en miniatura. Sin dejar nada sin examinar, abrió cajones y miró detrás de las cajas, casi como si esperara descubrir algo nuevo sobre Sophie.
«Oye, mira esto: un collar. Parece bastante antiguo». Adrian sacó algo del cajón y lo sostuvo a contraluz.
Sophie se inclinó hacia él, con la curiosidad despertada. «Déjame ver».
En el momento en que su mirada se posó en el colgante, su expresión cambió, y la sorpresa se reflejó en su rostro.
«¿Cómo lo has encontrado? ¿Dónde estaba?». Su voz sonó débil y temblorosa.
«Estaba metido aquí. ¿Por qué, es importante?». Adrian señaló el cajón abierto del escritorio, aún desconcertado.
Sophie se quedó mirando el collar, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Nunca podría olvidarlo. Ese collar siempre había colgado del cuello desde que tenía uso de razón.
Un recuerdo vívido afloró a su mente: una vez lo había cogido por curiosidad infantil, y su madre se había agachado, dejando que sus manitas exploraran el metal frío.
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Zola le había revolvido el pelo y le había sonreído, susurrando: «Soph, cuando cumplas dieciocho años, este collar será tuyo. Entonces te lo contaré todo sobre él».
Sus ojos se posaron en el cajón del escritorio.
Recordaba bien ese cajón: solía contener solo su álbum de fotos. Cuando se había mudado con su tío, el álbum era lo único que se había llevado consigo.
Estaba segura, absolutamente segura, de que el cajón había estado vacío, salvo por ese álbum.
Era imposible que el collar hubiera estado allí todo el tiempo.
El pulso de Sophie se aceleró, y la comprensión la golpeó de golpe. Solo una respuesta tenía sentido.
Ese collar no había estado allí antes. Alguien había vuelto y lo había dejado allí, en silencio y a propósito. Pero ¿quién habría hecho eso?
En la mente de Sophie, la lista se redujo a un solo nombre.
«¡Fue ella!», exclamó Sophie, con la voz temblorosa de esperanza. «Tenía que ser mamá. Debió de haber vuelto. Después de desaparecer, volvió a esta casa al menos una vez. Puso el collar en mi cajón… ¡lo dejó aquí para mí!
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