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Capítulo 711:
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Cecelia jadeó. El dolor le explotó por el brazo —agudo, candente, la sensación de huesos triturándose entre sí.
La arrastró hacia la pantalla holográfica. Ella luchó, su mano libre golpeando contra el pecho de él, sus uñas rasgándole la piel desnuda. Él no se inmutó. No bajó la velocidad.
«Mira», ordenó, forzando el rostro de ella hacia la imagen congelada de Eliza. «Mírala.»
La visión de Cecelia se nubló con lágrimas de dolor y humillación. Vio a la mujer en la pantalla —pálida, despeinada, hermosa de una manera que le retorcía el estómago a Cecelia con un reconocimiento horrible.
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«Ese», susurró Gideon, sus labios rozándole la oreja a Cecelia, su aliento caliente y oliendo a cobre, «es el único trofeo que importa. La única guerra digna de pelear. La única alma digna de ser quebrada.»
«Estás demente», logró articular Cecelia, ahogándose. «Eres un fracaso. Ni siquiera pudiste retenerla —se escapó. Lo eligió a él. Siempre lo elegirá a él.»
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
El agarre de Gideon se tensó. Cecelia gritó cuando algo en su muñeca cedió —un tendón, un ligamento, no sabía, solo sabía que el dolor era cegador, consumidor, absoluto.
La hizo girar. Su mano libre se alzó, arqueó el aire y se estrelló contra el rostro de ella con la fuerza de un hombre que había pasado la vida entrenándose para matar.
La cabeza de Cecelia se sacudió de lado. El impacto la lanzó fuera de sus pies, su cuerpo desplomándose al suelo. Su abrigo de piel se enredó alrededor de sus piernas. Un arete de perla rodó por el azulejo y vino a descansar en un pequeño charco de la sangre de Gideon.
Ella se quedó ahí, aturdida, su pómulo palpitante, su boca llenándose con el sabor metálico de su propia sangre.
Gideon se paró encima de ella. Estiró la mano hacia la bandeja quirúrgica con movimientos calmados, casi casuales, sus dedos cerrándose alrededor del mango de un bisturí —el mismo que el robot había usado para desbridar su herida.
Se agachó junto a ella. La hoja atrapó la luz, lanzando prismas por el rostro aterrado de Cecelia.
«¿Sabes qué es el Nivel 9?», preguntó, con voz conversacional, como si discutiera el clima.
Cecelia negó con la cabeza. Las lágrimas cortaban surcos limpios a través del polvo en sus mejillas.
«Es donde guardo las cosas que importan.» Gideon trazó el bisturí a lo largo de su mandíbula —sin cortar, solo presionando lo suficiente para dejar una línea blanca. «Es donde quebré a Dallas Koch. Pieza por pieza. Hasta que no fue más que un animal gritando.» Se inclinó más cerca, sus ojos sin contener humanidad alguna —solo obsesión, vasta y sin fondo como un pozo. «Eliza vendrá al Nivel 9. Vendrá porque no le voy a dejar otra opción. Y cuando llegue, le voy a mostrar lo que su preciado marido realmente es. Lo que yo hice de él.»
El bisturí presionó más fuerte. Una gota de sangre se formó donde la hoja se encontró con la piel.
«Y luego le voy a mostrar lo que puedo hacer con ella.»
La respiración de Cecelia llegaba en jadeos cortos y aterrados. Por primera vez, comprendió que el hombre frente a ella no era un aliado político. No una herramienta para usar y desechar.
Era una fuerza de la naturaleza. Un huracán vestido de piel humana.
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