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Capítulo 421:
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«¡Olvídalo!», gritó Vance. «¡Se ha ido! Nunca te mirará. Nunca te tocará. Ahora mismo odia a todo el mundo». Se inclinó hacia ella, con el aliento oliendo a whisky caro. «Yo soy quien le ha salvado la vida esta noche, Bella. Yo soy quien tiene el poder. Yo soy quien puede darte lo que necesitas».
«¿Qué estás haciendo?», susurró Bella, apartándose de él.
—Te estoy ayudando a afrontar la realidad —dijo Vance, bajando la voz a un tono grave y controlado—. Dallas ya no está en el panorama. Yo soy el hombre que entiende el poder, Bella. Yo soy quien puede ofrecerte un futuro estable: una vida construida sobre una base sólida, no sobre una fantasía.
Bella cerró los ojos y las lágrimas comenzaron a brotar. Su sueño de Dallas Koch —el rey poderoso y perfecto— se había hecho añicos. Y ahora estaba atrapada en una habitación con el hombre que tenía los pedazos.
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Vance no la tocó. No de la forma que ella temía.
Parecía disfrutar más con el tormento psicológico que con el físico. Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un trozo de papel doblado: una fotocopia de un informe de laboratorio. Se lo tiró contra el pecho a Bella. Ella lo agarró instintivamente para evitar que se cayera.
—Léelo —ordenó Vance—. Compruébalo tú misma. Recuento de espermatozoides: cero. Niveles de testosterona: insignificantes. Sus órganos reproductores son biológicamente obsoletos.
Bella bajó la vista hacia el papel. Los números se difuminaban entre sus lágrimas, pero las palabras en negrita destacaban como lápidas. Permanentes. Irreversibles.
Se deslizó por la pared, con las piernas fallándole, hasta quedar sentada en el frío suelo del vestíbulo de Vance. Apretó el papel contra su pecho y lloró.
No era asco. No era el rechazo de una mujer que se daba cuenta de que había malgastado su tiempo en un producto defectuoso. Era un profundo dolor de duelo.
—Quería dejar un legado —susurró, con la voz quebrada—. Siempre hablaba de construir algo que perdurara. ¿Cómo va a soportar esto?
Vance la miró fijamente, con una expresión que pasó de la arrogancia a la incredulidad y, finalmente, a una ira fría y latente. A ella todavía le importaba. Aun sabiendo que él era estéril, aun sabiendo que estaba destrozado, lloraba por su dolor, no por su propia pérdida.
—Eres patética —espetó Vance—. Él no te haría ni un pis si estuvieras ardiendo, y tú estás llorando por su futuro vacío. —Se dio media vuelta—. Quédate en la habitación de invitados. No salgas hasta que te hayas quitado esa estupidez de encima.
Se marchó furioso, dando un portazo en algún lugar recóndito de la casa.
A kilómetros de distancia, en el silencioso apartamento de The Aurelia, Eliza estaba de pie en su cocina.
Estaba empapada hasta los huesos. La ropa se le pegaba como una segunda piel helada. Temblaba, pero bajo el frío sentía un extraño calor ardiente en su interior.
Necesitaba algo caliente. Sopa.
Abrió la nevera.
Una ola de aire frío la golpeó, trayendo consigo el débil aroma de las sobras de salmón de hacía dos noches. Apenas se percibía, era un olor fantasmal.
Pero en cuanto la alcanzó, su estómago se rebeló violentamente.
Cerró de un portazo la nevera y corrió al fregadero, con arcadas. No salió nada más que bilis y el sabor amargo del miedo. Se agarró al borde de la encimera, jadeando, con el sudor brotándole en la frente.
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